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Alocución de Carlos (Taso) Zenón ante la corte federal Carlos (Taso) Zenón
Hace menos de un mes me encontraba en la sala del juez Daniel Domínguez quien en ausencia de la más mínima prueba irrefutable, usó toda su imaginación judicial para declarar a dos de mis hijos culpables y sentenciarlos a prisión. El proceso me despertó memorias de juicios anteriores, en este mismo tribunal federal, de los cuales quiero hablarle brevemente. Le adelanto las conclusiones, señor juez: Desde aquellos juicios presididos por Torruellas y Pérez Giménez, hasta éstos que usted celebra hoy, y que todo el tribunal federal conduce "a excepción de la honorable juez Consuelo Vargas de Cerezo" bajo la batuta del juez presidente Héctor Laffitte, este tribunal ha mantenido un rumbo invariable. Como le señaló mi hijo Yabureibo, este tribunal de Estados Unidos en Puerto Rico ha invertido sus funciones. Lejos de ser la rama del poder donde impera el derecho, este tribunal es la rama del derecho donde impera el poder. Lejos de ser la rama que cobija al civil perjudicado por los abusos de los militares, es la que ampara el dominio de la fuerza de las armas sobre los derechos civiles de ciudadanos pobres. Señor juez, la historia de Puerto Rico registrará la conducta de este tribunal como una de sumisión total al Almirante de turno en Roosevelt Roads. En aquellos años, el juez Pérez Giménez me condenó a mí a seis meses de prisión; y no contento con eso, condenó también a mi abogado al mismo tiempo, en un juicio tan plagado de defectos que fue revocado por el primer circuito. El juez Torruellas emitió órdenes de interdicto permanente, no en contra de la Marina, que admitía en su declaración de impacto ambiental los horribles daños que nos causaba a los pescadores y a toda la sociedad viequense, sino en contra de la Asociación de Pescadores de Vieques, Inc., que reunía a los pescadores en lucha en contra del abuso militar. Este tribunal nos considera a los que luchamos por una vida decorosa en Vieques como culpables con antelación a juicio. Este proceso que celebramos hoy no es más que una formalidad para plasmar lo que está decidido de antemano: que hay que aplastar la resistencia civil encontra del abuso militar en Vieques. Hay que negarle todo a los civiles que desafían a los militares en defensa de sus derechos inalienables a la vida, a la libertad, y a la búsqueda de la felicidad. Hay que otorgarle todo a los militares, que han hecho de este tribunal un bastión de sus intereses. Por esa razón la Marina admite descaradamente el daño que nos hacen impunemente. El capitán del USS Saginaw LST 1188 reconoce la crasa destrucción de nuestros artes de pescas. Va tan lejos como admitir que no fue hasta que tuvo que testificar bajo juramento que se le informó que cometía esa destrucción en aguas legítimamente establecidas para la pesca. El testimonio del Comandante Melander, del USS Portland no es más que una repetición de la misma letanía de estrucción de nuestros medios de vida. El Comandante John Byers del USS Newport LST 1179 repite y confirma lo mismo. Y así, una sucesión de oficiales navales van acumulando una montaña de evidencia que confronta al tribunal de Estados Unidos en Puerto Rico. Llega el asunto al extremo que el teniente Long admite que sus ejercicios de helicópteros barreminas destruyen innevitablemente nuestas nasas, plantadas legalmente en áreas designadas para la pesca comercial. Tanta fue la acumulación de evidencia que el juez Torruellas envió el caso a la jurisdicción de Virginia, para que en Norfolk, sede de la base naval más grande en Estados Unidos, un juez pudiera fácilmente despachar a unos pobres pescadores de una islita perdida en el Caribe. Les salió el tiro por la culata. El grupo religioso ecuménico PRISA nos consiguió a los pescadores ayudas de unas iglesias en Suiza para que la Asociación de Pescadores de Vieques, Inc. pudiera montar una defensa legal de sus derechos en el propio patio de la Marina de Guerra de Estados Unidos. Para sorpresa de todos, el juez norteamericano de Virginia estuvo más pendiente a los asuntos de derecho, de impartir justicia, que los del tribunal de Estados Unidos en Puerto Rico, y encontró a la Marina culpable de la destrucción innecesaria de los medios de trabajo de los pescadores. Esa experiencia fue inolvidable porque nos comprobó cómo se pervierte la justicia cuando se renuncia al sagrado deber de proteger a los atropellados, y se cobija la maldad de los poderosos. Lo que recibió la Asociación por sus esfuerzos, en términos
monetarios, fue una insignificancia. Ve usted, señor juez, lo que
buscábamos en aquel tribunal no era dinero, sino justicia. Nuestra
principal ganancia en aquella ocasión fue ver cómo unos
pescadores boricuas le arrebataban a la Marina una primera victoria, cuando
no jugaba con los topos cargados en contra nuestra. Ver desaparecer la
arrogancia del rostro de sus oficiales, y aparecer la desesperación
Pero, ¿qué podemos esperar de un tribunal cuyo presidente
establece un ambiente de hostilidad y se burla irrespetuosamente de quienes
hemos probado que estamos dispuestos a cualquier sacrificio antes de ¡Qué no nos vengan con el cuento de que tenemos otros recursos antes de incurrir en la desobediencia civil! Este tribunal federal no es un recurso para los puertorriqueños pobres y humildes. La conducta histórica de este tribunal lo coloca en la esfera del poder militar. Y si no es cierto, que se nos explique cómo es que nos persigue y nos encarcela, mientras esconde y protege a los terroristas de la Marina. ¿Qué papel jugó el jefe máximo de la Marina en Puerto Rico, el almirante Arthur Knoizen, en la colocación de la bomba en el Colegio de Abogados de Puerto Rico, por su ayudante, el teniente Alex de la Zerda? Tal vez nunca lo sabremos, porque este tribunal tendió un manto cómplice de ocultación, rehusando extender las investigaciones criminales hasta las últimas consecuencias. ¿Dónde está hoy Alex de la Zerda? ¿Dónde está el ayudante del Almirante que trató de colocar una bomba en un avión de Vieques Air Link, en el que hubiéramos volado, literalmente volado, varios luchadores viequenses? Nadie sabe. ¿Dónde está el teniente Terrence Davis, especialista en explosivos, que le proveía a de la Zerda con los pertrechos para cometer sus fechorías? Nadie sabe. ¿Dónde está el oficial de la Marina Carry Kelly que le daba las instrucciones criminales a Terrence Davis? Nadie sabe. ¿Cumplieron algún tiempo en prisión? Ninguno. Tengo aquí copia del artículo de El Nuevo Día donde se registran estos nefastos acontecimientos. Estos terroristas, junto a José López, jefe de los alguaciles federales, urdieron planes de asesinato del liderato viequense. Llegaron al extremo insólito de minar las playas donde habrían de llegar por la noche unos desobedientes civiles quienes, de no haber sido alertados por un militar de conciencia y honor, que se percató del plan instrumentado por estos malvados, hubieran muerto despedazados. No me estoy inventando estos datos, señor juez. Están recogidos en el récord de sendas investigaciones del FBI "instigador inicial de estos crímenes, así como los del Cerro Maravilla" cuando perdía el control del monstruo de su propia creación, que se le iba de las manos. Estas investigaciones salen a la luz en los interrogatorios de nuestros abogados de defensa en el caso civil número 79-269 que llevaba en esos días la Marina en contra de mi persona. Señor juez, uno de los más odiosos terroristas de Vieques, el militar retirado Robert Kuhn, quien puso un contrato para asesinarme a mí, y a Víctor Emeric, hoy termina los últimos años de su miserable vida en un negocio de ventas de licor en Isabel II. Nunca fue acusado de lo que todos en Vieques sabemos que hizo. Hoy, que nuestra lucha ha puesto a la Marina en retirada, se pasea por las calles sin que nadie de nuestro movimiento le toque un pelo. Su desgracia será ver cómo apresuramos la retirada con nuestro desafío, mientras él se consume en el desprecio de la inmensa mayoría de los viequenses. Hay justicia en este mundo, señor juez, pero no se encuentra en el tribunal de Estados Unidos en Puerto Rico. Este es el tribunal que protegió a la Marina cuando cuatro de sus soldados borrachos destrozaron a golpes y patadas a Mapepe Francis, un anciano de 72 años que impidió que aquellas bestias en uniforme abusaran de una mujer. El informe forénsico halló que la golpiza fue tan severa que el cráneo tenía la consistencia blanda de la gelatina. Ni fiscalía federal ni este tribunal intervinieron en lo que, después de todo, era un feroz mensaje de dominio militar sobre la sociedad civil viequense. Nadie fue arrestado. Nadie fue preso. Nadie fue arrestado tampoco cuando otros marinos borrachos asesinaron a bayonetazos a Juan Rosario, personaje muy querido en el pueblo, ni cuando asesinaron a quien llamábamos cariñosamente Sello Rojo, cuyo cadáver, cosido a bayonetazos, fue encontrado en el Campamento García, enterrado en una playa militar, cuando algún animal escavó la fosa llana y expuso sus piernas a la intemperie. La Marina, señor juez, ha sido el terrorista permanente en nuestra historia de opresión. El mensaje de violencia impune iba dirigido a apagar la llama de rebeldía, y a someternos a su régimen de tiranía militar. Todo ha sido en vano. Como son en vano los veredictos de culpabilidad de este tribunal y las severas sentencias que se sirven a los que nos atrevemos a decirles la verdad. Que cuando se sirve al poderoso que abusa del desposeído, se comete alta traición en contra de los principios sublimes de justicia y equidad. Usted, señor juez, ha alcanzado grados de estudio y erudición que este pobre pescador con sexto grado no pretende alcanzar jamás. Pero yo sé, señor juez, cosas que usted no sabe. Yo sé lo que es tener en mis brazos, a los doce años, al cuerpo de mi mejor amigo, Chuito Legrand, con su cráneo destrozado, con su materia gris chorreándose por las horribles heridas abiertas por una de esas bombas con las que se pretende que vivamos los viequenses. Yo sé lo que es crecer en una sociedad bajo la bota militar, de ser expulsado del hogar a los cuatro años, de ver la casa propia destruida por tractores militares. De ser depositado con mi madre en una reservación para los nativos desposeídos. Yo sé lo que es ver las cicatrices permanentes en el alma de un amiguito de diez años al ser violado sexualmente por una ganga de Marinos borrachos. Y no le digo nada de esto buscando ni su lástima ni sus simpatías. Se trata de unreámbulo a mi única declaración en este juicio. Soy culpable, señor juez, de no aceptar esos términos indignos de existencia que pretende imponernos la Marina a los viequenses. Soy culpable de rebeldía en contra de un estado de cosas injusto y opresivo. Soy culpable de luchar, y de invitar a todos los que me escuchan a luchar, a favor de la vida y la libertad, y en contra de la tiranía y la muerte. Soy culpable, señor juez, de pescar en los mares de Vieques; de pescar, pero no peces. De pescar la dignidad y la libertad de mi pueblo. Aquello, señor juez, fue el siglo pasado. En el presente continúa en pie el terrorismo oficial, amparado por un tribunal que nos ha cerrado siempre las puertas. Pero ya le queda poco a la tiranía militar en Vieques. No porque la razón y la justicia hayan prevalecido en estas salas, sino porque todo un pueblo se ha levantado indignado a exigir la paz y la justicia para los viequenses. No tenemos aviones ni barcos, ni cañones ni cohetes, pero si ustedes
insisten en seguir atropellando a nuestro pueblo, vamos a hundirles el
prestigio que les queda, si es que les queda alguno, en las costas de
Vieques. |