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Alocución de Yabureibo Zenón ante la corte federal Yabureibo Zenón
Saludos a todos los presentes en esta sala. La primera vez que estuve en una sala del tribunal federal no podía entender lo que estaba ocurriendo allí. Recibí de mi madre las primeras sensaciones de coraje y frustración ante el espectáculo de unos hombres nacidos en Puerto Rico actuando contra los más desposeidos de su propio pueblo. Estaba en el vientre de mi madre, y de ella tuve que haber recibido la comunicación íntima de que en estas paredes se disfraza la maldad con el traje de la ley, y el atropello con la toga de la justicia. En aquella ocasión el juez Pérez Giménez enviaba a mi padre seis meses a prisión, por haber entorpecido el bombardeo de la Marina de Guerra de Estados Unidos sobre su Isla natal de Vieques. Con la arrogancia de los poderosos, o mejor dicho, de los nativos que los poderosos les encargan la represión de los que se rebelan contra la opresión, aquel juez dejó sellado para siempre su papel en la historia. Cuando encarceló a un pescador pobre, y dejó a su mujer embarazada, con dos hijos pequeños "Pedro y Cacimar, que recientemente salieron de la prisión federal" para que se las arreglara como mejor pudiera, Pérez Giménez recibió las palmadas en la espalda que reciben de sus amos los nativos serviles cuando suprimen a los más rebeldes. Eso somos nosotros, señor juez, los rebeldes de este archipiélago puertorriqueño. Los desposeidos que no tenemos nada que perder excepto nuestras cadenas, y un mundo que ganar con nuestro desafío. Somos los oprimidos de esta tierra que no aceptamos sumisamente el papel de inferioridad que los privilegiados de esta sociedad quieren imponernos a nombre de sus amos federales. Somos los que creemos que es mejor morir de pie que vivir de rodillas. Habemos viequenses que no vamos a dejarnos bombardear más, señor juez, que no nos vamos a someter a la indignidad del abuso y el racismo. Habemos viequenses que no se nos dobla la espina dorsal ni con sus amenazas de cárcel, ni con sus ofertas de dinero. Habemos viequenses, señor juez que hemos alcanzado nuestra libertad en la lucha en contra de la tiranía militar, y que mejor le daremos la bienvenida a la muerte antes que aceptar que se nos impongan las cadenas vergonzosas de la claudicación. Aquí al lado mío está mi padre, enfrentando nuevamente el tribunal que ampara la Marina, y que invierte las cosas, declarando culpables a los que luchan por su paz, su salud, su vida y su libertad. Invierte las cosas defendiendo la fuerza del poder armado en contra de los derechos civiles de un grupo de puertorriqueños que luchan en contra del terrorismo uniformado. Invierte las cosas cuando abandona a los que no tienen otra protección que su propia lucha, y protege a quienes ejercen sobre nosotros sus poderes de conquista armada. Carlos «Taso» Zenón ya está fuera del alcance de las garras federales, que años atrás trataron de sobornarlo, encarcelarlo y asesinarlo. Se les hizo tarde. Carlos «Taso» Zenón cuenta con el apoyo y el afecto de cientos y cientos de miles de personas, en Puerto Rico y a través de las fronteras internacionales, y ustedes se hacen un grave daño cada vez que intentan hacerle daño a él. Detrás de mí está Aleida Encarnación, mi querida madre, a quien admiro, quiero y respeto como una de las mujeres más valientes y bravas de Puerto Rico. Sabía de su valor al enfrentar los federales armados por las historias que se narraban, pero esta vez lo vi con mis propios ojos. Esa mujer sin armas es más valiente que todas las docenas de alguaciles y agentes del FBI, y de la Policía de Puerto Rico, que se lanzaron en contra de mi hogar, con escopetas, rifles de asalto, carabinas, sus caras cubiertas y sus pechos blindados. Ella sóla, sin otra arma que su dignidad, sin más protección en su pecho que el decoro de una mujer libre, le impidió a la gendarmería que aullaba en los portones que profanaran la santidad de nuestro hogar. Aleida, te quiero mucho, gracias por tu ejemplo, gracias por ser mi madre. Mis hermanos mayores, indómitos, rebeldes; mis hermanos en las alegrías y en los dolores que traen estas luchas, no pude estar con ustedes en prisión, pero ahora acompañaré al viejo, y ya pronto nos veremos juntos nuevamente camino a futuros desafíos. Señor juez, si la Marina insiste en quedarse en Vieques, ojalá el cielo le conceda a usted muchos años de vida y salud, y muchos años de servicio a este tribunal, para que un día en el futuro nos encontremos nuevamente en su sala, en juicio de mis hijos, quienes seguirán desafiando a los que pretenden exterminarnos. Porque esa precisamente es su derrota. Nosotros somos sólo una familia de cientos de familias viequenses que atesoran su Isla, y están dispuestos a luchar por ella. Cada una de esas familias es una escuela de rebeldía y combate. Nosotros, la familia Zenón, somos sólo una de ellas, y somos la pesadilla recurrente de la Marina, de este tribunal, y del sistema de cárceles federales. ¿Qué van a hacer ustedes? ¿Continuar encarcelándonos? Sepa usted que lo único que han logrado "y si usted quiere pregúntele al alcaide Pastrana" es contagiar a la población penal con el germen de la conciencia de que, a fin de cuentas, todos los presos federales estamos sujetos a un sistema arbitrario y deshumanizante, impuesto por la fuerza en Puerto Rico, sin nuestro consentimiento, y cuyas penas son aplicables con rigor a los que no somos los privilegiados del sistema. Eso lo saben los confinados federales. Y su represión de nuestra lucha sólo les consigue un aumento en ese despertar de ellos y de todos los puertorriqueños. Con cada día de cárcel que nos condenan, aumenta el desprestigio de este tribunal. Decida usted lo que quiera con mi padre y conmigo. Ese es su poder que impuso la conquista, y que sostiene la relación de inferioridad a la que está sometida nuestro pueblo. El poder nuestro es de estar libres en la cárcel, para seguir leyendo, analizando y planificando de qué otras maneras podremos interrumpir los bombardeos de la Marina sobre nuestra pequeña patria. Y ese poder, señor juez, puede más que todas las armas y todos los tribunales del mundo. Ése es el poder de todos los oprimidos del mundo. Ése es el poder que nos recuperó las tierras del Oeste en Vieques, y que le arrancó al Presidente Bush la confirmación de que le retirará a la Marina el permiso para bombardearnos en mayo del año próximo. Ése es el poder, señor juez, que nos hará libres, y que le hará a la Marina la vida imposible en Vieques hasta el día que recojan sus bombas y se vayan. Muchas gracias. |