¡A desalambrar!
(relato desde la desobediencia)
Por Gazir Sued
<gazir_sued@hotmail.com>
25 mayo del 2001
A Alba, Gugui, Felito y Gustavo,
prisioneros políticos, compañeros, amigos:
Mientras el sol del 27 se ponía ya todos los preparativos estaban listos.
Los primeros cinco jóvenes de la resistencia, recién caída la noche, ya
estaban en camino. No había luna que favoreciera la hazaña, sólo la voluntad
determinada a llegar al campo de tiro y con sus cuerpos arriesgarse a
detener los bombardeos. Doce horas estuvieron abriendo maleza, entre calores
insoportables e inmensos espinales de bayahonda; con suficiente agua sobre
sus espaldas y algo de comida para permanecer cuando menos tres días,
luces de bengala para anunciar sus presencias y banderas para reafirmar
que esta Vieques maltratada es también nuestra patria...
Conocían la zona a donde llegarían, aunque nunca habían caminado la
ruta entera. De no lograrlo, sin duda, habrían hecho valer el intento.
Así leía la comunicación enviada a todos los medios anunciando la entrada:
-"Las autoridades militares están enteradas y conscientes de la presencia
de vidas humanas en el campo de tiro. No deben continuar con el bombardeo.
Nuestro pueblo lo ha pedido mil veces y de mil maneras distintas. No podemos
permitir que la Marina siga bombardeando esta Isla y matando poco a poco
a su gente con los venenos tóxicos de sus bombas. Haremos todo lo que
tengamos que hacer para detenerlos. Y lo haremos estando en el campo de
tiro", sostuvo Albanaí Valentín, una de las portavoces del Colectivo de
Resistencia Amig@s de Vieques (CRAV), momentos antes de entrar a la zona
de tiro.- La acompañaban otros estudiantes universitarios: Felix Aponte
(Felito), Ricardo Morales (Gugui), Gustavo García y Llaima Sanfiorenzo.
Al momento otros grupos desalambraban la verja de la marina para distraer
la atención de los militares. Fueron momentos de abierta confrontación.
Los militares lanzaban gases tóxicos y lacrimógenos y amenazaban con soltar
sus perros. Nada detuvo la resistencia. Ni las amenazas, ni la inmediata
ceguera, ni el terrible ardor en todas las partes del cuerpo empapadas
con sus venenos. Salía uno y entraba otro, sin mayor protección que sus
ánimos. Fue la primera noche...
Doce horas después llegaron. A la noche siguiente, como habíamos previsto,
en punto a las nueve lanzaron luces de bengala para confirmar su presencia
en la zona de tiro. La comunicación era difícil, las señales se entrecortaban
y era preciso, de todos modos y por razones obvias, mantener la señal
fuera del alcance militar. Desde Monte Camelo vimos las luces de bengala
y entre aplausos, risas y abrazos, celebramos brevemente la hazaña. Sabíamos
ya que se podía. Por tierra o por mar, a pie o en caballo, fuera como
fuera, la seguridad y vigilancia militar se puede burlar.
Al día siguiente ya habían casi cien regados en el campo de tiro. Los
bombardeos continuaban. Pero también, de vez en vez, se detenían. Detener
los bombardeos es posible. Eso, nuestros guerreros por la paz, volvieron
a demostrarlo. A la noche siguiente Nairem y Chú salieron en Kayak con
provisiones. Dos días derspués fueron arrestados...
Otros ya habían llegado días antes a la zona de bombardeo y permanecían
refugiados en espera de la terrible señal. Entre ellos el heroico alcalde
de ese pueblo, Dámaso. También estaban Rubén, Ismael y Norma. Durante
los días venideros arrestarían a más de doscientas personas. Habrían artistas
como Danny, Rosita y Draco. Habrían religiosos, como Al y el padre Nelson.
Habrían profesores y maestros, como Carlos e Ismael; habrían, sin duda
estudiantes, como los muchachos de la FUPI y los nuestros, que volverían
a recordarnos con sus actos que "no hay locuras sin amantes, ni patria
sin estudiantes." Habrían, "menores de edad", como Llaima y Aura, y "muy
mayores" como don Frank, el papá de Tito. Habrían, sin duda, entre todos,
maltratados y agredidos, llantos y heridos, ofendidos y dolidos por la
brutalidad militar. Pero sobre todo, ánimos sonrientes y decididos a continuar
hasta el final...
Temprano esa madrugada más de doscientas personas llegarían de la Isla
Grande y se unirían con el mismo ánimo. Decenas llegaban cada día en avión
o lancha. Ni un paso atrás. La marina sabía que estaban dentro y que seguían
llegando y llegando cada vez más. Aún así, sin importarles las vidas humanas,
iniciaron los bombardeos. Había revuelo en el pueblo. La desobediencia
se organizaba, sin distinciones de edad o sexo, ni de creencias o ideologías.
Una sola voz unía, la de la conciencia. Salían enmascarados hasta de las
alcantarillas, cubriendo sus rostros no por temor a ser identificados
sino por dar a entender que la única identidad que importa en esta lucha
es la de la voluntad de paz de nuestro pueblo; sin rostro fijo entre las
personas se daría nombre propio a esta lucha: justicia. ¿Quién de entre
todos nosotros se esconde tras una máscara? Nadie. ¿Quién entonces está
tras las máscaras que cubren nuestros rostros? ¡Todos!
La verja militar se tambaleaba de norte a sur. Parecía que ya se cumplía
la profecía libertaria: juntos todos la podemos tumbar.
Los militares trataron en incontables ocasiones de perturbar la moral
en el campamento de Justicia Y Paz. Lanzaron gases lacrimógenos sobre
los manifestantes, incluso mientras un payaso entretenía a los niños presentes,
durante rezos colectivos, sin razón justificatoria alguna. Me pregunto,
¿es acaso violencia responder las agresiones militares a pedradas? Tal
vez. Yo le llamo, en justicia, darse a respetar.
La marina amenaza con reiniciar los bombardeos mientras los jueces federales
encarcelan a nuestros luchadores y les imponen caprichosamente penas cada
vez más severas. Supe que a mis amigos, a Alba y a Gugui, a Felito y a
Gustavo les impusieron las penas de cuarentaicinco días y $500 de multa
por el sólo hecho de dejarle saber al Juez que no estaban arrepentidos
de sus actos, por dejarle saber al mundo que estaban dispuestos a volverlo
a hacer. Y así mismo a los demás, a los que estuvieron antes y, de cierto,
a los que estarán. Están imponiendo penas severas con el sólo fin de intimidar
a los luchadores por la causa de Vieques. Eso es una posición política
a favor de la Marina de Guerra. Su complicidad tiene un precio que tendrán
que pagar. Nuestros compañeros fueron sentenciados y encarcelados injustamente
por las autoridades federales, por realizar actos de conciencia en solidaridad
con la justa causa del pueblo viequense. Nuestros compañeros son prisioneros
políticos. Con ellos todo nuestro respeto y amor, admiración y solidaridad.
Son ejemplo y esperanza viva de esta lucha.
Hoy sé que en cada rincón de la Isla se conspira para
darnos a respetar. Las resistencias están regadas, dispersas, sin un centro
fijo o un cuartel general que reparta tareas y asigne responsabilidades.
Esta lucha es del pueblo y el pueblo está en pie de lucha: La verja militar
no caerá sola: ¡La vamos a tumbar! La marina no se irá por sí sola: ¡La
vamos a sacar!
Siempre,
Gazir
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