Relato Incursión y Arresto — Vieques, Julio-Agosto 2001

Freddie Marrero
[Redactado en agosto y septiembre de 2001]
<viequeslibre@viequeslibre.org>

 

 

En el ojo de la acción: cobertura del referéndum

Llegué a Vieques el viernes, 27 de julio de 2001. Sabía que sería un viaje largo en el que pasarían muchas cosas y cuyo desenlace era, en ese momento, algo impredecible. Suponía que la conclusión más probable sería la cárcel, ya desde hacía algunos días había tomado la decisión de participar en la jornada de desobediencia civil. En ese momento, pensaba que de ser arrestado, lo más conveniente para mi caso sería no pagar fianza. Sabía que pasarían muchas cosas…

Desde el puerto de Fajardo se sentía el ambiente cargado de expectativa. El referéndum criollo tendría lugar en sólo 2 días. La gente hablaba del referéndum en la fila de la lancha, mientras el sol castigaba y la burocracia no podía vender más boletos a los cientos que allí esperábamos porque no sabían si saldría un bote grande o uno pequeño. Para los que visitamos a Vieques ya eso es parte del folclor del viaje, en cambio, supongo que para los viequenses eso forma parte de una vida cotidiana llena de obstáculos en donde algo tan simple como entrar y salir de su Isla se torna en una repetición innecesariamente tortuosa.

Muchos policías también estaban allí presentes, algunos de los cuales tomarían la lancha con nosotros para Vieques. Todavía la guerra de las banderas estaba vigente. En días atrás Romero Barceló y Doña Miriam habían creado confrontación y se repartieron huevazos y empujones. La política alrededor del tema de Vieques saturaba el ambiente. Estaban pautados los cierres de campaña, el referéndum, la celebración, la solicitud de desahucio a la marina y, finalmente, la marina había prometido bombazos intensos desde el próximo miércoles.

Había llegado junto a compañeros miembros del campamento Antonia Martínez. Me encontré en el puerto con Josean que viajaba para colaborar como escritor para la página y poder informar así, desde el ojo de la acción, a través del Internet. Desde hace algún tiempo escribe reseñas sobre actividades y acciones en torno a la lucha. Yo llevaba la compu, con la cámara digital para poder hacer los trabajos desde allí. Hicimos el viaje, como siempre traté de aprovecharlo para dormir un poco.

Nos encontramos con el grupo de universitarios en el Bar Plaza, frente a la plaza del pueblo. El ambiente era de fiesta: estaban preparando la tarima con sonido, kioscos con bebidas y frituras. El gentío se hacía sentir. Luego de un pastelillo con cerveza me llevaron al Campamento Justicia y Paz. Allí el ambiente era de trabajo: llamadas, faxes, coordinación de muchas cosas relacionadas con el cierre de campaña y el referéndum del domingo. Pude conocer a muchos de los que se hallaban trabajando allí y saludar a otros a quienes aprecio mucho. Conseguí que se me permitiera usar un espacio para trabajar con la compu, no obstante, sólo podría usar la línea de teléfono en períodos cortos y, quizás, tarde en la noche.

Ambiente de algarabía en el cierre de campaña.

Esa noche fue el cierre de campaña en la plaza pública, muchos artistas tocaron ante una gran y animada audiencia. Fue una buena actividad social. Hablé con muchos amigos y hasta bailé una que otra. La pasé muy bien. Al otro día hubo una inmensa caravana con más de 600 carros. Eso sirvió de preámbulo al referéndum del domingo. Ese día, finalmente el pueblo de Vieques pudo expresar, a través de un mecanismo legítimo su sentir en contra de la presencia militar. Para no prolongarme más de la cuenta en este relato, refiero al lector a estos documentos de Internet que contienen el relato visual y narrativo que se preparó para ViequesLibre.org de los eventos de esos días.

http://www.viequeslibre.addr.com/demo/july27/readytovote.htm
http://www.viequeslibre.addr.com/demo/july28_2001/caravan.htm
http://www.viequeslibre.addr.com/demo/jul29_01_victory/victory.htm
http://www.viequeslibre.addr.com/demo/july30_01_evictionmarch/eviction_march.htm

La angustia de la espera: no se dan las condiciones propicias

Luego de la victoria y la actividad de desahucio, el tope de la agenda era ocupado por las maniobras anunciadas para el miércoles. Lo más reciente era que comenzarían el jueves. Según lo que se informó al comisionado de Vieques, Juan Fernández, serían las más intensas y complejas realizadas desde la muerte de David Sanes. A pesar de eso, sólo durarían 7 días, incluyendo el domingo en el que no habría bombardeos. Dado a los informes del gran despliegue de seguridad dentro de los terrenos militares, entendía que para aumentar las posibilidades de éxito, debía tratar de entrar dos días antes del comienzo de las maniobras. Lamentablemente, Tinglar estaba en Isla Grande y no llegaría hasta el miércoles. Sabía que Guario, y los otros compañeros que habían entrado conmigo la vez anterior, estaban dispuestos a entrar, pero desconocía cuando llegarían. La brigada del MST, Brigada Carlos Muñiz Varela, pudo aprovechar el momento idóneo para entrar y lo lograron con éxito. Dicha entrada resultaba muy prometedora pues la brigadas del MST han probado ser de las mejor preparadas y entrenadas hasta el momento. Durante las maniobras de abril lograron entrar, detener y salir, sólo con dos arrestados entre sus filas. El martes y el miércoles de esa semana fueron para mí días de mucha angustia y tensión, esperando que se constituyera la brigada y que se estableciera un plan de trabajo.

Un Intento Frustrado: Violencia Militar y Rescate Exitoso


Con el amigo Benito a quien conocí en esos días en el campamento.

Era jueves 2 de agosto y finalmente parecía que íbamos a entrar. Nos habíamos constituido en dos brigadas: la brigada Milivy Adams y la Tito Kayak. Éramos 7 los que durante la tarde comenzamos a hacer los preparativos para la incursión. Mi mochila estaba llena al máximo con agua, “gatorade”, ‘energy bars’ y frutas secas. Además llevaba capa, repelente de insectos, teléfono celular, brújula y un par de medias secas. Comí la ‘última comida’ de Benito...

Ya entrada la noche, todos aguardábamos reunidos en espera de que nos vinieran a buscar para realizar la incursión. La espera se dio por terminada, cuando la persona a cargo de coordinar la entrada llegó con malas noticias: “el grupo de reconocimiento se encuentra atrapado. Los militares los vieron al entrar y se les tiraron encima. Hay cambio de planes, por el momento se suspende su incursión. Ahora debemos tratar de rescatarlos.”

La misión dejó de ser una de entrada, para ser una de rescate. Debíamos distraer la fuerza militar para que dejara de pisarle los talones al grupo de reconocimiento que se encontraba adentro, si es que no los habían arrestado. La prensa se movilizó junto a un grupo de encapuchados que trabajaba para lograr el nuevo objetivo. Ellos fueron testigos de la respuesta belicosa de los militares, quienes lanzaron bombas de gases lacrimógenos y dispararon perdigones a los encapuchados que solamente gritaban cerca de la verja militar. La violencia militar capturó la atención de la prensa al herir a uno de los suyos. Thomas Van Houtryvre, foto periodista de AP, fue impactado por un perdigón en el brazo mientras tomaba fotos de la nube de gas lacrimógeno lanzada hacia los civiles. Un encapuchado fue impactado en una nalga. Nuevamente, los militares actuaban para no dejar margen de duda sobre su carácter violento contra la población civil. Nuevamente la prensa era testigo de esos abusos.

Los militares, con la ayuda de la policía de Puerto Rico, vigilan la verja constantemente, aún así no pueden evitar la entrada de desobedientes.

Luego de esos eventos, se logró tener comunicación con una de las personas de la brigada de reconocimiento que se encontraban adentro. Ella estaba nerviosa y no podía señalar su posición con exactitud. Se encontraba sola y no sabía si habían arrestado a alguno de los otros o no. Tampoco sabía donde estaban los demás. Sólo fue cuestión de tiempo y suerte para que se encontraran los 5. Gran alegría fue saber que no habían arrestado a nadie, a pesar de que los soldados se habían adentrado en el monte con perros y linternas.

Con mucha paciencia, y gracias al radio de telecomunicación que permitía la comunicación de los 5 de adentro con la brigada de rescate fuera de la verja, se logró el rescate exitoso del grupo. Abrazos y risas cerraron la noche, habían estado cerca de ser atrapados, pero todo salió bien. “Entramos y salimos cuando queramos,” dijo sonriente uno de los que logró salir.

3 de agosto: Un día en el campamento justicia y paz

La noche anterior nuestra incursión tuvo que ser suspendida. La alegría del rescate competía con la frustración de la espera. Era viernes y desde el martes yo estaba presto a entrar. ¿Finalmente entraría hoy? No sabía. El día transcurría entre la viscosidad de los eventos. Durante la conferencia de prensa a las 11:00 AM en el Campamento Justicia y Paz, se notificaba de la presencia de varias brigadas en el área de tiro. Una brigada de abogados y ex-presidentes del Colegio de Abogados de Puerto Rico y otra de ciudadanos particulares había penetrado durante la noche. Además se anunciaba que la brigada Carlos Muñiz Varela llevaba ya varios días en el campo de tiro. Luis Ángel Torres informaba que a pesar de que se habían colocado banderas en varias ocasiones, muchas veces, la marina había optado por hacerse de la vista larga y continuar el bombardeo. Un grupo de la iglesia católica anunciaba sus intenciones de entrar al campo de tiro en obediencia evangélica.

En un momento en el que me encontraba en el balcón del Campamento Justicia y Paz, pude divisar unas personas que caminaban a lo largo de la verja en la zona militar. No hice mucho caso por pensar que eran militares. No fue hasta quince minutos después, cuando ya se veían más de cerca y me comenzaron a hacer señas, que me intrigó saber quienes eran pues podían ser desobedientes civiles. Llamé a Bob varias veces pero él estaba al teléfono y no me respondió. Justo en ese momento Tato Guadalupe estaba saliendo y le pregunté: “esas personas son desobedientes o militares?” “A mí me parecen desobedientes,” contestó él. De inmediato fui corriendo hasta la mesa de prensa y le comencé a gritar a los periodistas (esta vez más alto): “desobedientes, allí vienen unos desobedientes.” Todos se pusieron de pie, y algunos, cámara en mano, se acercaron al portón del Campamento García. En efecto, eran tres desobedientes civiles, entre los que se encontraban Noel Colón y Graciani Miranda Marchand. Ellos caminaron como ‘Pedro por su casa’ hasta llegar al portón militar. Cogieron a la seguridad militar tan desprevenida que de haberlo querido hacer, hubiesen podido salir por debajo del portón sin ser detenidos. Frente a los portones del Camp García fueron apresados frente a las cámaras de la prensa allí presente. El público reunido comenzó a cantar consignas de apoyo a los desobedientes y a gritarle a los militares cuán ineptos eran.

En las primeras horas de la tarde un camión intentaba entrar a Camp García con una carga de rollos de ‘cyclone fence.’ De inmediato un grupo de personas, mayormente jóvenes, de las que se encontraban en Justicia y Paz salieron corriendo para hacer frente al camión. Se sentaron en línea entrelazando los brazos para evitar así el paso del material. La policía comenzó el diálogo y una escuadra se colocó en formación lista para remover a las personas de ser necesario. El acuerdo fue que se removerían a las personas sin arrestarlos y que las personas se dejarían mover resistiendo sólo con el peso de su cuerpo. Finalmente, no sé si por decisión propia o disuadido por la policía, el chofer optó por seguirlo de largo y no entrar. Los allí presentes celebraron la victoria de la voluntad del pueblo que ejerce su poder controlando los portones del campamento militar.

 

Debate sobre estrategia y metas

Esa tarde volvimos a prepararnos con el uniforme. Nos movimos de Justicia y Paz para reunirnos con las personas que estaban listas para dirigir el operativo de entrada. Allí tuvimos una reunión importante para discutir la ruta que debíamos seguir una vez penetráramos los terrenos militares. Miguel planteó que teníamos que tener claro que entrar viernes en la noche nos ponía en la posición de tener que estar listos para estar, al menos, seis días en los terrenos. La razón para esto era que, en el mejor de los casos, llegaríamos al área de impacto sábado en la noche y eso no nos daría la oportunidad de interrumpir los bombardeos, salvo en una ocasión. Y repito, eso era en el mejor de los casos, pues era muy probable que nos tomara más tiempo llegar. Dado que el domingo no había bombardeos pautados sería el lunes que comenzaríamos a operar en el área de tiro. No valía la pena salir mientras hubiese bombardeos, pues nuestro objetivo era precisamente detenerlos a toda costa. Nuestras posibilidades de salir con éxito aumentarían considerablemente si lográbamos resistir hasta que terminaran las maniobras y se retirara el grueso de la seguridad militar. El análisis expuesto por Miguel era certero. Eso nos llevó a considerar posponer el operativo de entrada y entrar domingo en la noche. Casi eso llegó a ser decisión tomada, hasta que nos recordaron que el sábado serían los desembarcos anfibios en donde mil soldados establecerían campamentos a lo largo de toda la zona que debíamos atravesar. Eso sin duda reducía las posibilidades de éxito y sin pensarlo mucho todos decidimos que esa noche sería el momento idóneo para nuestra incursión. El problema seguía siendo que teníamos que estar física y mentalmente preparados para permanecer hasta el jueves. Todos estábamos conscientes que a tales efectos, el factor más importante sería el agua. Es sumamente difícil poder cargar encima toda el agua que uno necesita en 6 días de actividad física bajo el sol. No sólo difícil; quizás imposible. No teníamos abastos en ninguna parte adentro. Consumiríamos lo que podíamos cargar. Siendo el agua el factor determinante, probablemente, yo no podría llegar hasta el fin de las maniobras. Mi mochila era una de las más pequeñas y no llevaba ni una lata de comida. Metí cuanta agua cabía. Mi alimento eran solamente ‘energy bars’ y frutas secas. Mis bolsillos también irían llenos de botellas de agua. Mentalmente me estaba preparando para un ayuno prolongado con la esperanza de poder resistir hasta el jueves, pero realmente con serias dudas de poder lograrlo. Sin embargo, eso no era razón suficiente para abandonar la misión. Esa noche era idónea y entraría. La salida se negociaría después, sobre el terreno y con la realidad. A última hora, cuando ya estábamos constituidos en dos brigadas de 7 personas en total, llegó Chelo, amigo del alma, y me dijo que quería entrar con nosotros, que no me dejaría solo. Traté de disuadirlo diciéndole que ya estábamos constituidos y listos para entrar, que era tarde ya, que había trabajo afuera que él podía hacer y que habría nuevas maniobras en las que su presencia sería importante. Él insistía y había conseguido el apoyo de Gazir. Su entrega me tocó y no pude resistir más. ¿Cómo obstaculizar la sed de lucha de mi amigo? Junto a Gazir consultamos con el resto del grupo a ver si estaban dispuestos a ser 8. Nadie se opuso. Quedamos constituidos y listos para entrar. En último momento comenzamos a equiparlo para que preparara su mochila.


Encapuchados trabajando a lo largo de la verja militar para hacer posible la desobediencia civil.

 Una incursión exitosa

Llegó el momento de la “última cena” antes de incursionar. Un buen amigo me dijo: “te vas a acordar de esta comida.” Eso fue cierto. Arroz blanco, habichuelas y ‘corned beef’ fue el menú que prepararon dos mujeres viequenses. Al terminar de comer, nos montamos en una guagua que nos llevó a un terreno que no conocía y allí nos esperaban los 4 encapuchados que estaban a cargo del operativo de entrada. Seguimos sus instrucciones y caminamos en fila durante unos 15 minutos por la maleza. En ocasiones tuvimos que caminar agachados para no ser vistos desde una torre de observación militar. Una vez cercanos a la verja esperamos unos minutos para asegurarnos que no había vigilancia militar esperándonos al otro lado. Ya la suerte estaba echada, recibimos la señal de que ya el roto estaba hecho y comenzamos a pasar uno a uno. Yo fui el penúltimo en pasar. Los ocho ya estábamos adentro. La luna nos favorecía, estaba llena, perfecta para caminar de noche sin necesidad de linternas. Cada uno tenía botellas de agua en las manos y cargábamos una caja que queríamos colocar en algún lugar estratégico como a 30 minutos de camino para usar de oasis al momento de salir.

La incursión fue exitosa. Más aún si la comparo con la incursión anterior en la que participé el 28 de junio. Aquella vez no había luna y no pudimos adelantar camino hasta que comenzó a salir el sol. Esta vez la luna nos permitió avanzar de inmediato. Sorprendentemente, a pesar de la experiencia del día anterior y de las declaraciones de la marina de que habría mucha vigilancia, casi no había patrullaje. Pudimos avanzar como 30 minutos sin parar. En ese momento tuvimos que detenernos unos minutos para observar una ‘van; estacionada en nuestro rumbo. Varios de nosotros nos quedamos dormidos en los que Guario, quien encabezaba el grupo, se adelantó para observar. Luego de un rato nos indicó que parecía que no había nadie, que debíamos pasar. Dejamos la caja de agua en ese lugar al igual que las botellas que llevábamos en las manos. La luna era tal que las hacía brillar y nos delataba desde lejos.

El camino no aparece

Cruzamos con cautela cerca de un puesto de observación. Uno salía corriendo y el próximo contaba hasta 10 y salía. Uno a uno cruzamos sin ningún problema. Nos abrazamos de alegría y continuamos nuestro camino. Caminamos por más de una hora sin toparnos con vigilancia alguna. Una persona que nos había dado instrucciones antes de entrar nos alertó que uno de los grupos que había entrado en los pasados días le notificó que habían preparado una vereda que cruzaba por un monte y nos acercaría al área de tiro. Estábamos en el lugar en el que debíamos buscar la entrada a dicho camino. Buscamos y nada. Para evitar perdernos o hacer mucho ruido, se decidió que el grupo permaneciera junto acostado en el piso detrás de unos yerbajos mientras solamente dos personas buscaban el camino. Mientras ‘Guario’ y ‘Babú’ buscaban el camino, algunos de nosotros nos quedamos dormidos. Por primera vez en toda la noche, nos topamos con el patrullaje de varios carros que pasaron justo a nuestro lado. No pudieron vernos. Solamente nuestro sueño fue interrumpido por un fuerte chubasco que nos despertó y nos hizo buscar las bolsas plásticas para cubrirnos a nosotros y a los bultos. Solo duró unos minutos, por suerte, pero nos mojó a todos.

Ante la infructuosa gestión de buscar aquel camino, decidimos reunirnos. La pregunta, que poco a poco se comenzó a repetir a lo largo de toda nuestra misión fue; “¿qué hacemos?” Decidimos caminar hacia el sur para conseguir algún terreno que fuese favorable para movernos hacia el este, ya que en donde nos encontrábamos predominaba la flora espinosa que imposibilitaba el movimiento.

Mientras comenzamos a caminar, escuchamos a un militar gritando fuerte, casi como si estuviese dando una orden de arresto o algo semejante, y también escuchamos patrullas. Eso nos puso un poco ansiosos ya que nos encontrábamos en un lugar bastante abierto que no nos ofrecía grandes posibilidades de escondite en caso de ser abordados por el patrullaje nocturno. Finalmente comenzamos a movernos hacia al este internándonos en el monte. Con trabajo cruzamos entre ramas y árboles de espinas hasta llegar a un árbol frondoso en la falda de una colina. Ahí, como cuatro horas luego de la incursión y un tanto mojados, decidimos acampar.

Toma tiempo llegar…

La vegetación espesa y espinosa resulta ser muy ardua, pero es mucho más segura que las veredas militares

Creo que en menos de tres horas me desperté de un pesado sueño temblando. Todos temblábamos por el frío que nos había provocado el dormir mojados. Me comí una arepa que me habían dado la noche anterior antes de salir y me la había guardado en un bolsillo para el desayuno. También estaba un poco mojada y llena de hormigas. Sin embargo, sabía que no me podía dar el lujo de desperdiciar esa exquisitez viequense, que me proveería de grasa y carbohidratos necesarios para caminar durante el día, así que soplé fuerte haciendo que las hormigas volarán y temblando aún me la desayuné. Muchas discusiones habíamos tenido ya sobre el agua, incluso antes de entrar sabíamos que el agua era el elemento clave y determinante en nuestra misión. De manera que con un par de buches de agua me bajé la arepa y di por terminado mi desayuno.

Sólo cuando comenzamos a caminar fue que comenzó a disiparse un poco el frío. Serían cerca de las 5:00 AM, cuando empezamos a subir la colina en la que habíamos dormido. Guario encabezaba el grupo en el arte de abrir camino en pleno monte. El sol era nuestra brújula, señalándonos la dirección hacia donde debíamos caminar para llegar al área de tiro. Debido a los árboles y a los cactus que obstaculizaban nuestro camino, no podíamos caminar en línea recta. Nos movíamos en zig-zag según la vegetación y la topografía nos lo permitían, buscando la ruta más favorable, pero siempre tratando de ir cara al sol. Subimos la colina, volvimos a bajar y subimos otra lomita donde nos detuvimos a descansar. En esta ocasión terminé de desayunar comiéndome un mangó y todos nos tomamos unas multivitaminas.

Guario y Pabú hicieron una corta misión de reconocimiento y divisaron un campamento militar a lo lejos. Lograron identificar la ruta menos expuesta, para cruzar a la otra colina sin ser vistos desde el campamento militar. Esta vez no me quedé dormido en la parada de descanso, pero sí lo hicieron algunos compañeros. Alrededor de 30 minutos duró el descanso, reanudamos la marcha aproximadamente por una hora hasta llegar al tope de otra colina justo al frente del campamento militar que se veía como a milla y media de distancia. Guario, Babú y Pitirre salieron en misión de reconocimiento, el resto nos quedamos descansando. Ya había comenzado el bombardeo. La mayoría aprovechó el tiempo durmiendo a pesar del sol que castigaba fuerte y del ruido de las bombas que se escuchaba a lo lejos. Solamente pude dormir unos minutos.


Nuevamente los pescadores fueron exitosos en el mar. Eso nos llenó de ánimo.

El resto del tiempo lo utilicé para cazar noticias usando la radio AM. Se indicaba que los pescadores habían detenido exitosamente las prácticas por algún tiempo y que habían logrado desembarcar otra brigada en tierra. Pude también escuchar a Bob Rabin dar un informe acerca de una pedrada que un militar le había lanzado a un civil la noche anterior, por lo cual le tuvieron que coger 9 puntos en la cabeza. Me preguntaba quién había sido el afectado, algo me decía que era alguien conocido. Se indicó también que una brigada de 6 miembros del PIP había incursionado y estaban siendo arrestados en esos momentos. Rabin informaba también que la brigada del MST, que estaba desde el martes en los terrenos militares, permanecía aún en el área de tiro sin ser arrestada. Informé al resto del grupo de las noticias. Nos arropaba la ansiedad a todos pues los tres que habían salido a inspeccionar la zona no habían regresado aún y había pasado más de una hora. Casi de inmediato llegaron ellos, nos indicaban que a tan solo minutos más adelante había un lugar con buena sombra para pasar el mediodía y que luego que bajara el sol, podíamos reanudar el viaje. Nos movimos todos, en una parte tuvimos que arrastrarnos por el suelo para evitar ser vistos por el campamento, que aunque distante miraba justo en esa dirección. Dormimos y notamos que los bombardeos se habían detenido por largo rato, celebramos la victoria de los pescadores desde nuestro escondite bajo las ramas. Sentimos helicópteros rondando de cerca pero permanecimos allí y ninguno sobrevoló el área.

A eso de las dos y pico PM reanudamos la marcha. Para nuestro favor el monte no era tan tupido como el que tuvimos que atravesar en las primeras caminatas de por la mañana. Caminamos por poco más de dos horas, subiendo y bajando varias colinas. En esa caminata adelantamos mucho terreno. En un momento, Miguel logró hacer una llamada breve para informar de nuestra posición a nuestro grupo de apoyo en la zona civil. Volvimos a hacer una parada, pues nos topamos con un árbol tan frondoso en un lugar tan bello que no pudimos evitar detenernos un rato allí para descansar. Por primera vez me quité las botas y las medias, dormí un sueñito y además comí frutas secas, y la mitad de un ‘energy bar.’ Tomé un poco de agua, siempre con cierto cargo de conciencia, pues sabía que el preciado líquido debía durar hasta el jueves, pero el ritmo que llevaba lo hacía muy difícil. Tenía sed, pero no podía tomar tanto como quería y aún así lo que tomaba era demasiado para lo que debería tomar si quería llegar hasta el jueves.

Luego de hora y media de descanso decidimos reanudar la marcha. Queríamos aprovechar las horas de la tarde que son muy buenas para caminar ya que el sol no castiga y la luz que ofrece es perfecta para ver el camino, a la vez que dificulta el poder ser vistos desde lejos. Estábamos ya en colinas de yerba, lo que también nos favorecía. Sin embargo, en este trayecto tuvimos que lanzarnos al piso en varias ocasiones debido a movimiento de helicópteros muy cerca de nosotros. El OP1 (Observation Post 1) en la distancia marcaba el rumbo y podíamos ver el aterrizaje y despegue de varios helicópteros que se movían en la zona. En la cima de las colinas la yerba era bien bajita o inexistente, por lo que quedábamos expuestos. Comenzamos a bajar una colina en busca de un lugar que nos cubriera mejor. En ese momento, a las 7:30 PM, pudimos ver dos luces de bengala que fueron lanzadas simultáneamente, una al lado de la otra. “Miren allá, miren,” decíamos y de inmediato otra pareja de luces fue lanzada. Sabíamos que era una de las brigadas que se encontraba en el área de tiro que dejaba saber su presencia. Casi de inmediato, conseguimos un lugar para acampar. Quedamos dormidos bajo los helicópteros que sobrevolaban el área hasta las primeras horas de la madrugada. Las rondas de los helicópteros y la nubosidad nos había impedido aprovechar la luna llena para adelantar camino. Cuando cesaron las rondas de los helicópteros lo que nos detuvo fue un cielo gris que amenazaba con reventar. Decidimos esperar el aguacero en ese campamento. Lejos de sentirnos amenazados por la lluvia que se avecinaba, la esperábamos con ansia. Teníamos bolsas plásticas y botellas cortadas en forma de vasos que usaríamos para recoger agua. Queríamos abrir las bocas bajo la lluvia y poder atrapar toda el agua que pudiésemos. Sin embargo, nos quedamos dormidos esperando y nunca llovió. Ya saliendo las primeras luces me desperté y desperté a los demás.

Desilusionados por no haber podido recoger agua, comenzamos a movernos. Como en hora y media nos detuvimos a desayunar. Todos comimos el centro de un cactus (tuna) que Guario pelaba. Él nos decía que eso servía para hidratarnos. Sabía como a pepinillo o ‘cantalope’ verde, pero insípido. Aunque no sabía a nada, se sentía que tenía líquido, por eso comenzamos a comer eso en cada parada. Guario era el experto pelándolos y el más que comía. Reanudamos nuestro camino pero en menos de una hora tuvimos que detenernos pues se escuchaban varios helicópteros rondando cerca. Allí estuvimos por más de 4 horas. Una conversación recurrente entre nosotros surgía a raíz de los efectos psicológicos de la deprivación. En más de una ocasión nuestras conversaciones eran acerca de los deseos que teníamos de tomar agua fría, o de bañarnos en un río refrescante, o de comer tal o cual comida. Racionar el agua en esas condiciones de calor era una de las tareas más importantes y, a la vez, difícil de la misión.

Tal parece que como no había prácticas durante el domingo, los militares aprovecharon para ‘peinar’ el área con helicópteros, pues sabían que había personas en la zona. Eso nos atrasó mucho y tuvimos que esperar que el sol bajara un poco para poder reanudar la marcha. A las 2:00 PM volvimos a caminar rumbo al este. El trayecto fue extremadamente difícil y agotador. Nos movíamos en pleno monte con una vegetación muy tupida y aún el sol castigaba fuerte. En dos ocasiones sobrevolaron helicópteros. En momentos casi ni nos podíamos mover debido a ramas y árboles que obstaculizaban la ruta. Es difícil describir cuan arduo y cuesta arriba es moverse en algunos trayectos en el Monte. Entre los cactus, las espinas y las ramas de árboles que se entrelazan, hay lugares que resultan prácticamente impenetrables. En ocasiones moverse unos cuantos pies, puede llegar a tomar varios minutos, a veces caminando agachado, otras abriendo las ramas con las manos.

Recursos, frustración, debate y cambio de rumbos

En ese momento de frustración hubo una discusión grupal evaluando nuestra misión hasta ese momento y nuestra posición para lograr las metas trazadas antes de salir. Desde un principio, estábamos conscientes de que el agua sería un elemento decisivo en nuestra misión. Sabíamos que no llegaríamos al campo de tiro el sábado y que domingo no había bombardeos. Nuestro objetivo, según discutido antes de salir, era comenzar los trabajos de banderas y luces de bengala en el campo de tiro a partir del lunes y esperar hasta el jueves para salir. En este momento, en la tarde del domingo, una persona del grupo ya sólo tenía 2 botellas de agua, y todos habíamos consumido más de la que habíamos planificado tomar. Sabíamos que ya para el martes estaríamos quedándonos sin agua. Las condiciones objetivas no nos permitirían lograr nuestro plan de llegar al campo de tiro, detener y salir. Miguel propuso establecer algún campamento cerca de donde nos encontrábamos, renunciar a la idea de llegar al campo de tiro y evitar así la actividad física hasta el jueves para así rendir los recursos hasta concluidas las prácticas, para tener menos posibilidades de ser atrapados. Otro grupo, quizás la mayoría de la brigada, entendía que lo mejor era salir ese mismo día sin esperar hasta el jueves, pues los recursos no durarían hasta entonces. Por mi parte dejé saber de mi intención de llegar hasta el área de tiro, aunque eso significase tener que ser arrestado. Algunos miembros del grupo, por diversas razones, no podían darse el lujo de ser arrestados, en cambio yo ¾aunque hubiese preferido entrar, detener y salir¾ no tenía problemas mayores con eso, pues el propósito de viajar a Puerto Rico ese verano era precisamente participar en la desobediencia civil. Finalmente, luego de extendidas reflexiones y discusiones se determinó que 5 personas intentarían salir esa noche y que sólo había agua suficiente para que 3 personas continuaran a completar la misión en el campo de tiro.

Tinglar, Pitirre y yo decidimos continuar el trayecto hacia el área de tiro. Cada uno del grupo que iba a partir se quedó con 2 litros de agua y el resto nos la dieron a los que continuaríamos hacia el área de tiro. También nos dieron latas de atún, sardina y salchichas. Al momento de separarnos, Guario comenzó a decir que se sentía mal dejándonos a nosotros continuar. Me preguntó si deseaba que él viniera con nosotros. Le indiqué que él era muy valioso, pero que ya habíamos tomado unas decisiones y que solo había agua para 3 personas, que un cuarto pondría más presión en el grupo y que era importante que el se marchara para asegurarse que el grupo que iba a salir completara su misión. Sin embargo el continuaba insistiendo… su insistencia fue tal que Pitirre le preguntó; “¿De verdad tu sientes que quieres ir? ¿Estás seguro de eso?” Guario contestó afirmativamente y Pitirre decidió cederle su lugar y le dio su mochila ya preparada para que Guario continuara junto a Tinglar y yo. Para despedirnos, nos colocamos en circulo y Pitirre oró para que Dios nos siguiera ayudando en nuestra misión que ahora se convertiría en dos, una para tratar de salir y otra llegar hasta el campo de tiro.

El cansancio: cambio de rumbos 2

Irónicamente, mientras se daba toda esa discusión, encontramos el famoso camino que debimos haber encontrado la misma noche de la incursión. Cuando nos separamos seguimos por esa ruta. Yo me sentía cansado, no había comido bien desde que entramos y la caminata bajo el sol de horas atrás, había drenado mi energía. Luego de 20 minutos de caminata dije que me sentía débil que nos detuviésemos para yo comer algo sustancioso. Nos detuvimos y abrí una lata de salchichas que compartí con Guario, hasta ese entonces sólo había consumido un mangó, una arepa, frutas secas y almendras, desde que habíamos entrado. Abrí un ‘gatorade’ que compartimos los tres. Luego de la ‘cena’me sentía mucho mejor. Le pregunté a Guario que en cuánto tiempo reanudaríamos la marcha. Él me dijo que no se sentía bien. De los ocho que entramos el viernes Guario era quien menos agua había tomado. Aún tenía 5 botellas de un litro sin abrir. Él había tratado de no gastar casi recursos alimentándose de cactus cada vez que veía uno. Además, él encabezaba el grupo, rompiendo monte en nuestros trayectos por zonas difíciles. La poca alimentación, la poca agua y su gran esfuerzo físico se estaban haciendo sentir. Guario sentía calambre en sus extremidades y no tenía fuerzas. Tinglar y yo comenzamos a hacer todo lo posible para ayudarle, le dimos un ‘gatorade’ para que el fósforo y el sodio ayudara a que sus músculos respondieran, le quitamos las botas y la camisa; le dimos masajes en los brazos en donde sentía ‘hormiguitas’ (como decía él). Le pedí que respirara y se dejara dormir, pues se sentía desesperado de no poder continuar y eso aumentaba su ansiedad. Finalmente, Guario se quedó dormido.

Era una noche bella, con una luna de fuego que lo alumbraba todo. Estábamos entre yerba y en el cielo se veían todas las estrellas. Tinglar y yo hablamos un rato en lo que nos dormíamos. Hasta logré ver una estrella fugaz antes de dormirme. Me desperté bajo un aguacero. Sacamos las bolsas para recoger agua y los ponchos para cubrirnos. Cayeron varios aguaceros esa noche. Recogimos un poco de agua en bolsa que luego comencé a lamer, pero no era tanta. Seguimos durmiendo hasta el amanecer. Ya las primeras luces auguraban que el lunes sería un hermoso día. Nos despertamos y llegó el momento de decidir. Puse la pregunta sobre el tapete: “¿Que vamos a hacer?” Guario no quería continuar, pues aunque se sentía bien luego del descanso, temía que le volviera a ocurrir lo de la tarde anterior. Frente a esa posibilidad, Tinglar decidió acompañarlo de vuelta.

Yo seguía firme en mi decisión de llegar hasta el área de tiro, pero entendía los riesgos que implicaba continuar solo por el monte. Un tobillo roto, o el desvanecimiento por cansancio extremo o deshidratación podían implicar la muerte. Solamente disparando luces de bengala podía marcar mi posición, pero eso no aseguraba que alguien fuera a mi rescate. Estaba en una posición difícil. Tinglar y Guario así me lo dejaban saber. Yo los entendía, por lo que llegamos a una especie de acuerdo. Guario me acompañaría hasta el tope de la colina en donde habíamos dormido. Yo llevaría conmigo mis cosas. Allí podríamos observar la ubicación del OP1, y por extensión del área de tiro, si el OP1 estaba lejos yo viraría con ellos hasta una calle militar y caminaría por allí rumbo al área de tiro. De esa manera, si enfrentaba cualquier problema de salud sólo tenía que sentarme en la calle a esperar patrullaje que me arrestara, y eventualmente me brindara ayuda médica. Ese fue el acuerdo. En menos de 15 minutos ya estábamos en la cima de la colina y, para nuestra sorpresa, nos encontrábamos justo al lado del OP1. Básicamente habíamos llegado sin saberlo. Sólo había que caminar dos colinas más para estar en la entrada del campo de tiro. Siguiendo el acuerdo al pie de la letra nos despedimos, no sin antes tratar de disuadir a Guario para que permaneciéramos juntos ya que estábamos allí. Le dije que eso había pasado por toda la actividad física que llevó a cabo y por la falta de alimentación y agua, pero que ahora teníamos un poco más de agua y que no pensaba que eso volvería a ocurrir, más aún cuando ya estábamos tan cerca. Sin embargo, permaneció firme en que debía regresar y temía otra recaída. No insistí más. Nos despedimos con un abrazo y le pedí que me despidiera de Tinglar.


Lunes, 6 de agosto: Llega la soledad


Finalmente veía a lo lejos terreno conocido.

Una vez solo, comencé a caminar colina abajo pensando en lo que significaría operar sin nadie en ese día. Subí otra colina y me adentré en un área sumamente espinosa la cual traté de atravesar, pero no pude debido a la densidad de los arbustos y las espinas. Tuve que virar unos minutos para salir de los arbustos y caminar en otra dirección más favorable. En ese momento el teléfono celular captó señal y pude hacer una llamada al Campamento Justicia y Paz. Juan Camacho contestó el teléfono. Me identifiqué y le pregunté si los miembros de mi brigada habían podido salir. Me indicó que no sabía nada al respecto, que estuvo trabajando hasta tarde en la noche en la incursión del Reverendo Wilfredo Estrada. Le indiqué que los miembros de mi brigada habían virado, que me encontraba solo y que durante el día estaría realizando trabajo en el campo de tiro con banderas y luces de bengala. El me dijo; “mucha suerte varón” y colgué. Luego de la llamada pude moverme por una ruta que, aunque espinosa, era mucho más favorable que la anterior. En cuestión de minutos pude reconocer el Cayo Yayí a lo lejos. Eso me llenó de alegría y de seguridad pues sabía que me estaba acercando al área de los campamentos de desobediencia civil que conocía, ya que los había visitado en varias ocasiones. Sabía que estaba cerca del área de tiro y conocía el camino. Me comencé a desplazar más rápidamente. Pude ver por el camino botellas de agua vacías que pensé eran de las brigadas que se encontraban adentro. Eran casi las 8:00 AM, cuando el bombardeo estaba previsto a comenzar. Se escuchaban aviones surcando los cielos sobre mí. El aguacero de la noche anterior me había mojado las medias. Busqué un lugar propicio para detenerme. En ese momento comenzaron los primeros bombazos del día. Yo aproveché para ponerme un par de medias secas que llevaba en mi mochila. Era la segunda ocasión en toda la misión que me quitaba las botas. Además comí una ‘energy bar,’ frutas secas, almendras y tomé agua. Escuchaba radio AM mientras caían las bombas. La radio hablaba del inicio de clases, pero no había casi noticias sobre Vieques que me pudieran poner al día. Me interesaba saber cuántas personas habían sido arrestadas hasta ese momento. “¿Todavía había alguien en la zona de impacto?,” me preguntaba.


Finalmente… en el área de tiro

Luego de media hora de descanso, comencé a caminar bastante rápido para llegar hasta la zona de impacto visible desde el OP1. Tuve que caminar como media hora y pasar frente al campo visual de un puesto de observación posado en una montaña lejana. Caminaba sigilosamente, muy atento al patrullaje que debía haber en la zona de impacto. Mientras tanto, iba construyendo un plan en mi mente: caminaría directamente hasta donde estaba el avión chatarra en pleno campo visual del OP1 y colocaría una de las banderas blancas que decían STOP BOMBING. Eso conduciría a mi arresto, pensaba, ya que bajarían a buscarme de inmediato. Al mismo tiempo, los bombardeos se escuchaban cada vez más fuerte a pesar de que me había colocado unos tapones de papel para reducir el daño a mis oídos. “Que bonito está el día,” pensaba mientras volvía a ver esta parte de la isla que me era familiar. Seguía caminando y escuchando las bombas caer.

La frustración de la primera bandera

Al poner la bandera y mirar hacia atrás podía ver que estaba justo frente al puesto de observación. Pensaba que me arrestarían de inmediato.

Ya me encontraba muy cerca. Me sorprendió no haber encontrado ningún tipo de vigilancia o patrullaje. Me repetí a mí mismo lo que iba a hacer pues ya podía ver las bombas caer en Monte David y me sentía un poco nervioso de estar tan cerca del bombardeo. Continué caminando muy rápido por la carretera que conducía al avión chatarra. Saqué la bandera que pensaba colocar y comencé casi a correr. En Monte David la tierra se levantaba con cada impacto. Finalmente estaba allí. Entré a ese lugar de aparatos chatarras que usan como blancos para disparar. Miré hacia atrás y vi el OP1 inmenso en el tope de la montaña. Sabía que me estaban viendo. Comencé a mover la bandera para llamar su atención. Me acerqué a un aparato de ofensiva anti-aérea de los que allí habían. Amarré la bandera en la punta de su cañón. Ya el trabajo estaba hecho. Miré el reloj y eran las 9:45 AM. Pensé que ya me habían visto y que pararían los bombardeos. En cuestión de unos minutos vendrían por mí. Caminé y me senté bajo unos arbustos a esperar mi arresto. Tamaña fue mi sorpresa cuando pasaron unos minutos y los bombardeos continuaban. Me agaché y comencé a gatear por debajo de los arbustos hasta estar bajo una sombra. No estaba bien escondido, si llegaban me verían. Traté de usar el teléfono para llamar y emplazar a los militares y al Comisionado de Vieques a que vieran la bandera que había puesto y detuvieran los bombardeos, pero el teléfono no tenía señal. Estuve en ese lugar por espacio de 15 minutos. Las bombas seguían cayendo en Monte David. Se escuchaban cañonazos desde un buque al sur de la Isla y los aviones lanzaban bombas. Estaba nervioso, pensé que estaba muy cerca y comencé a alejarme poco a poco. Subí una lomita que se encontraba justo al frente. Desde ahí podía ver mejor los aviones, las bombas y la bandera que había colocado. Por las próximas dos horas estuve en ese lugar frente al bombardeo, me movía de arriba abajo, de lado a lado, buscando señal en el celular para poder comunicar afuera lo que había sucedido. Sabía que había conferencia de prensa en Justicia y Paz a las 11:00 AM. A pesar de que busqué y busqué, nunca pude conseguir señal para hacer una llamada.

Una día de tensión bajo las bombas

El hecho de poner una bandera a plena luz del día frente al OP1 y no poder detener los bombardeos me colmó de sentimientos de frustración, impotencia y rabia. Al ver que el bombardeo continuaba, a pesar de la bandera, pensé: “¡No hay forma de pararlos, no les importa nada!” Me había localizado en una lomita justo al frente del área de bombardeo. Pude ver todo el escenario de guerra que tomaba lugar en ese día. Era un día bonito pues era claro y el agua se veía clara, pero era un día triste para toda la humanidad por lo que allí sucedía. En más de una ocasión sentí miedo en aquella tarde. Especialmente cuando los helicópteros entraban a escena. Estos disparaban unos cohetes que sonaban muy fuerte y además disparaban balas con sus metralletas y al estar tan cerca temía ser alcanzado por las mismas. En una ocasión pude escuchar caer los casquillos de balas de la metralleta del helicóptero. En otra ocasión los aviones volaban de este a oeste, o sea hacia donde yo me encontraba. Pude ver cuando lanzaron las bombas. Las veía acercarse hacia mí. Sentí miedo. Por suerte, pude ver las bombas caer en el Monte David antes de llegar a donde me encontraba. Vale la pena mencionar que en más de una ocasión vi como las bombas caían en el mar y salpicaban agua. Se me hacía muy difícil dormir allí debido al constante bombardeo. Pasaba el tiempo cazando noticias de Vieques en la radio AM y pensando en qué podía hacer, cual debía ser mi próximo paso.

Atardecer en paz

Permanecí en el mismo lugar, pues la única forma de salir de esa lomita era bajando una vez más hasta pleno campo de tiro y, aunque había entrado allí como ‘Pedro por mi casa’ en la mañana, las horas allí viendo el bombardeo me había hecho menos inocente y más precavido.

Casi un año atrás había tomado esta foto de un amanecer sobre la punta este de la isla. Ahora desde esa bahía yo veía el atardecer...

 En la tarde se había hecho una pausa en las prácticas; durante esa pausa pude ver una lancha, que me pareció ser de pescadores. Pensé que podía ser un operativo de rescate a desobedientes. Decidí intentar llegar a la playa para ver de que se trataba. Comencé a bajar la lomita y cuando estaba justo al lado de un camino militar pasó a mi lado un jeep blanco. Lo vi de súbito y sólo tuve tiempo de tirarme al piso. Fue algo increíble, pero no me vieron a pesar de pasar justo a mi lado. Me pareció que los que estaban abordo del jeep no eran militares sino empleados de la EPA, supongo que iban a verificar los nidos de los tinglares como acordado con la marina. Ellos pasaron y yo me levanté y continué mi camino hacia la playa. Me interné en una maleza que resultó ser casi impenetrable, llena de arbustos de espinas uno al lado del otro. Me tomó como 20 minutos poder llegar a la playa a través de esa maleza. Demás está decir que ya el bote se había ido, sin embargo, sentí gran alegría de estar nuevamente justo al frente del Cayo Yayí y ver esas playas donde tantas veces nos bañamos durante los campamentos de desobediencia. Caminé un poco por la orilla de la playa y en una parte me senté a meditar celebrando la paz y el silencio. El haber estado todo el día bajo los estruendosos bombardeos me hacía valorar como nunca antes el silencio y la paz que emana el sonido de las olas del mar. El cielo se llenaba de destellos anaranjados y podía ver a Culebra a la distancia. Era un espectáculo de belleza.

Irrumpen bombas durante la noche

Eran ya las 7:00 PM, antes de separarnos el grupo había acordado tirar luces de bengala el lunes a las 8:00 PM para dejar saber a los que estaban en Monte Carmelo de nuestra presencia. Quería poder cumplir con eso. Quería moverme un poco fuera del área de tiro para volver a intentar buscar señal de teléfono y establecer un campamento que me permitiese dormir tranquilo, pues sabía que los bombardeos se extenderían hasta las 11:00 PM y era muy posible que una vez hubiese anochecido, éstos comenzaran nuevamente. Comencé a moverme pero pude ver que en el lugar por el que tenía que salir había una ‘pick-up’ blanca. Mientras estuviese allí no podría salir, ni tampoco tirar una luz de bengala, pues estaba muy cerca de mi ubicación. Decidí buscar un lugar para montar campamento en la playa en lo que ocurría algún nuevo desarrollo, ya fuese comienzo de maniobras o que la ‘pick-up’ se fuera. Encontré un buen lugar para acampar, pero era una superficie de piedra. Decidí utilizar una de las banderas blancas con mensajes que llevaba conmigo como colcha. Así lo hice y me acosté a ver si podía dormir un poco. Como era frente a la playa los mosquitos no tardaron en llegar a saludarme. Busqué el repelente de insectos y no lo encontré, pensé que al separarnos me había quedado sin él. Allí estaba yo, tratando de encontrar el sueño y evitando que me picaran los mosquitos cuando, a las 8:00 PM, casi a la hora en punto, se escucharon los cañonazos que indican el comienzo de las maniobras. Inmediatamente después, el buque comenzó a tirar unas luces de bengala súper intensas que permanecían mucho tiempo en el cielo. Vi como 9 de esas al mismo tiempo. Eso creaba un efecto de luz que hacía que todo se viese tan alumbrado como si fuese de día. En ese momento, los aviones comenzaron a tirar. Tiraron un rato y más luces de bengalas eran disparadas para mantener el área alumbrada.

Una luz de bengala y la acción tras bastidores

Sabía cual era mi labor en estos momentos, más aún cuando ya había hecho la prueba durante el día y no había funcionado. Era ahora el momento de ver si se podía ser más efectivo de noche. Tomé una luz de bengala y me moví como unos 10 pies del lugar donde estaba acampando. Esperé unos minutos, pues sabía que para tener éxito y llamar la atención de las personas en el OP1 debía esperar que estuviese oscuro. Me quedé de pie, mirando con calma hasta que no hubo más luz. No lo pensé, sabía que no podía perder tiempo, pues en cualquier momento comenzarían a disparar luces de bengala nuevamente, así que disparé la mía. Miré el reloj y eran las 8:25 PM. Para mi sorpresa, los bombardeos se detuvieron por espacio de dos horas. Solamente volvieron a bombardear 20 minutos antes de las 11:00 PM, hora en la que estaban pautados a terminar. Inmediatamente luego de disparar la luz de bengala, volví al lugar en donde iba a dormir. Estaba bastante expuesto, pero no tenía intención de esconderme. Había hecho una apuesta con el hado, si ellos llegaban, pues me arrestarían, sino continuaría mi trabajo el próximo día. Escuché algunos carros buscando a lo lejos pero nunca llegaron cerca de donde me encontraba. El que los bombardeos se detuviesen justo luego de haber lanzado la luz de bengala me llenó de mucha satisfacción y alegría. Había valido la pena. Ese logro borró un poco el sinsabor del día, la insatisfacción de no haberlos podido detener esa mañana. (No sería hasta días después que supe que la brigada Justicia y Paz, encabezada por el Reverendo Wilfredo Estrada, se encontraba en el área de tiro esa noche y que también tiraron luces de bengala, incluso quizás simultáneamente sin saberlo.)

Permanecí en aquel lugar en espera pues era probable que llegaran por mí. Debido a que estaba solo, entendía que por razones de seguridad, era importante tener cierto control de mi arresto. En aquel lugar en donde estaba podría ver a los soldados acercarse y gritarles que era pacífico y que no resistiría. Pensaba que eso podría ayudarme a disminuir el riesgo de ser golpeado o maltratado. Sin embargo, nunca llegaron. Terminaron los bombardeos y entonces enviaron un helicóptero a ‘peinar’ todo el campo de tiro por espacio de 3 horas. Hasta las 2 AM estuvo el dichoso aparato volando por allí. Yo tranquilo, pues sabía que al estar solo era bien improbable que pudiesen detectar mi calor. No obstante, el ruido no me dejaba dormir.

Un desobediente entre soldados

Eran las 2 y pico y, entre las bombas, los mosquitos, la espera de ser arrestado y el helicóptero, no había podido dormir nada. Decidí tratar de moverme fuera del área de tiro y encontrar un lugar para dormir en el que pudiera pasar el próximo día, ya que había podido comprobar que era más efectivo hacer mi trabajo de noche que de día. Quería dormir por el día y el lugar en el cual me encontraba era muy cerca del área de impacto en donde comenzarían a bombardear a las 8:00 AM. Guardé todo en la mochila y comencé a caminar. Para mi sorpresa pude ver que la ‘pick-up’ blanca todavía estaba estacionada en el mismo lugar. Tenía que tomar una decisión. Pensé por varios segundos y presentía que la misma estaba vacía, que no había nadie, que debía arriesgarme y pasarle por el lado. Mi corazón comenzaba a palpitar con la fuerza de la intriga, mientras me acercaba agachado al vehículo. Cuando ya estaba justo al lado comencé a caminar más rápido. Pasé por su lado y miré con el rabo del ojo. No vi a nadie. Continué mi rumbo. Iba casi corriendo alejándome de la ‘pick-up’ y contento de que no me habían atrapado. Continué mi marcha y en menos de un minuto escuché un grito de un militar. Estaba cerca. Escuché voces y pensé que me habían visto. Comencé a correr y cuando vi una pequeña entrada entre unos arbustos me adentré al monte. Habían muchas ramas secas y algunas espinas. Trataba de hacer el menor ruido posible, ya que pensaba que me habían visto y me estaban buscando. Logré acostarme bajo unas ramas que me cubrían un poco. Ahí esperé que se acercaran con linternas o con perros. Yo los podía escuchar hablando a mi alrededor. Pero pasó el tiempo, y aunque los continuaba escuchando no noté linternas ni los sentí acercarse a donde me encontraba. Trataba de no moverme para no hacer ningún ruido, evitaba quedarme dormido pues temía que me fueran a escuchar roncando. Así pasé lo que quedaba de noche, tratando de no moverme, soportando las picadas de mosquitos y evitando quedarme dormido.

De esa manera un tanto incómoda recibí el amanecer. Ya era martes 7 de agosto. (Los ejercicios concluirían en la noche del miércoles.) Esperaba poder moverme hacia una playa cercana tan pronto salieran las primeras luces. Sin embargo, continuaba escuchando ruidos de militares en varias direcciones. Me encontraba rodeado de ellos. Los escuchaba hablar, reír y usar el radio. Estaban en diferentes direcciones y cerca. Pensé que lo mejor sería esperar que se movieran. Supuse que tan pronto comenzaran las maniobras a las 8:00 AM irían a otro lado.

Decidí esperar. Llevaba ya varias horas incómodo, casi sin moverme, escuchando los militares, y oyendo radio de cuando en cuando para matar el tiempo. Las horas pasaron lentamente, hasta que se reanudó el bombardeo luego de las 9:00 AM. Ya el sol comenzaba a castigar y se escuchaban las bombas pasar por encima y caer. A veces se sentían cohetes pasar por mi cabeza.

Me moví unos pies hasta una sombra. Los ruidos y las conversaciones de los soldados prevalecían. Ya me sentía un poco angustiado por la situación incómoda de estar quieto en un mismo lugar rodeado de militares. Tenía que decidir si permanecer o salir arriesgándome a ser arrestado. Esa disyuntiva ocupó mi mente por largo tiempo.

La esperanza me acompaña

Días más tarde pude leer en la prensa que los bombardeos de lunes y martes se habían escuchado hasta en Fajardo y que en Vieques a una casa se le desplomó el techo y varias otras se habían agrietado por la vibración.

En ese momento noté que había una esperanza posada en una ramita justo frente a mí. Su presencia aplacó mi desolación. Me llenó de esperanza. Presté mucha atención a lo quieta que ella permanecía en ese lugar. Dije para mí; “si este animalito no tiene nada mejor que hacer en este día, y permanece completamente quieto en ese lugar, yo tampoco tengo nada mejor que hacer en otro lugar en estos momentos. Debo permanecer.” En un momento moví mi bota y ésta, a su vez, movió la ramita donde se posaba la esperanza. Esta se fue. Para mi grata sorpresa, se posó en otra ramita a mi lado. Pensé que era una señal, que debía tener esperanza, que debía mantener la calma y continuar con las metas y objetivos de la misión. No me movería de allí mientras la esperanza estuviese acompañándome.

Según subía el sol, podía sentir su intensidad, lo que me provocaba sed. En un momento abrí mi bulto para hacer un inventario de cuanta agua me quedaba. Al abrir la mochila, me topé con una botella de un litro que estaba cerrada pero vacía. En algún momento me había sentado sobre mi bulto y se me había roto una botella. Vaya noticia. Solamente tenía una botella de agua entera y una de ‘gatorade’ a mitad. Eso cambiaba el panorama, pues tenía agua solamente para un día. Ante ese cuadro, y rodeado aún de soldados que escuchaba en varias direcciones, decidí hacer una buena comida (una lata de sardinas) y salir de ese lugar luego de las 4:00 PM cuando el sol comenzaba a bajar.

Hora de salida

Como a las 4:10 PM decidí salir. Aún escuchaba voces en una dirección, así que salí en la dirección opuesta. Para mi sorpresa, me encontraba más cerca de lo imaginado de un camino militar que conducía al área de impacto. Escuchaba un radio militar a lo lejos. Había estado un total de once horas en el lugar anterior, bajo la tensión de escuchar los militares y enfrentando la posibilidad real de ser arrestado. Me sentía bien de estar de pie y poder caminar nuevamente. Comencé a caminar hacia el campo de tiro (no me encontraba nada lejos) y como no estaban bombardeando, decidí apostarme en una sombrita justo al lado de ese camino. Escuché un poco de radio y planifiqué en mi mente cual sería mi próxima movida. Esperaría que reanudaran los bombardeos para volver a entrar hasta donde estaba el avión chatarra y colocar nuevamente una bandera.

Nuevos cañoneos, pero esa tarde se comió sin bombas

Al poco rato comenzaron los bombardeos. Me llené de valor y casi de inmediato, puse el plan en marcha. Empecé a caminar hasta el área de tiro. Según me iba acercando sentía el humo. Había un fuego. Cuando estaba justo en la entrada del terreno donde está el avión chatarra, vi que había llamas y bombas cayendo ahí mismo. Caían como a 50 pies de dónde me encontraba. Tuve miedo de acercarme más, por lo que decidí lanzar una luz de bengala desde donde me encontraba. Así lo hice, eran como las 4:50 PM y como ya había bajado el sol tal parece que la misma fue vista de inmediato, ya que los bombardeos se detuvieron. En ese momento miré a mi alrededor y pude divisar dos soldados en la lomita de las ruinas de la hacienda, donde era el campamento de Amig@s de Vieques. Ellos me miraban con binoculares. Salí del camino militar y me adentré en la zona de arbustos. No me desplacé mucho. Simplemente encontré un lugar donde acostarme entre unas ramas. Nuevamente hice una apuesta al hado, si llegaban donde mí, ganaban, de lo contrario continuaría mi trabajo.

Al cabo de unos minutos llegaron unos carros militares. Desde donde estaba podía escuchar sus motores y visualizar su ubicación. Un grupo de soldados, creo que como 8, se adentraron al monte a buscarme. Los escuchaba abriendo monte y gritando, aunque no podía entender que decían. En un momento pude ver a un militar a 25 pies de mí. Por suerte, él no me vio. Yo simplemente estaba acostado boca arriba y levantaba el cuello para mirar a mi alrededor. Quería ver si se acercaban hacia mí, para poder gritarles antes de mi arresto, pero nunca se acercaron lo suficiente. Al cabo de un tiempo, uno de los vehículos comenzó a tocar bocina para que los soldados regresaran y se fueran. La búsqueda duró cerca de 45 minutos. Los aviones que disparaban permanecieron sobrevolando el área un rato, pero ya luego de un tiempo no estaban. Supongo que volvieron al porta-aviones. Las maniobras estuvieron detenidas por más de dos horas. Me sentí muy contento y satisfecho con mi trabajo. Había valido la pena esperar todo el día bajo las bombas. La esperanza tenía razón. Todo resultó bien y pensé que la mayoría de los viequenses pudieron cenar esa tarde en paz sin el tortuoso ruido del bombardeo.

Luego de la búsqueda, tuve mi propio momento de calma. Me comí un ‘energy bar’ y algunas almendras y frutas secas. Me sentía débil. No había podido dormir casi nada la noche anterior temiendo que los militares escucharan mis ronquidos. Llevaba casi 36 horas despierto, el mismo tiempo que llevaba sólo. Se me había acabado el ‘gatorade’ y quedaba menos de una cuarta parte del agua. Ya mi suerte estaba echada. Me revisé todos los bolsillos y moví todo lo que tenía a mi mochila. Solo me dejé 4 luces de bengala en los bolsillos y la botella de agua. Borré los pocos teléfonos que tenía grabados en el celular. Y me comencé a preparar mentalmente para interrumpir los bombardeos nocturnos y ser arrestado. Luego de esta prolongada etapa en el monte, por 5 días ya, comenzaría una nueva etapa. Durante el día había escuchado que un grupo de desobedientes habían sido sentenciados a 4 horas. Eso, junto a otros factores, me hizo re-evaluar si debía pagar fianza o no. No me había decidido, pero me sentía inclinado a hacerlo. Prepararme para el arresto era prepararme a salir del monte y perder la autonomía de mi cuerpo. Me sentía listo.

La hora final…

Al poco rato comenzaron los bombardeos. Serían como diez o quince minutos luego de las 7:00 PM. Cuando me puse de pie para comenzar a caminar hacia el área de tiro me sentí un poco mareado. Quizás porque durante los últimos días había consumido entre 300-500 calorías al día, una cuarta parte de lo necesario. Igualmente, había bebido menos agua de la que mi cuerpo me había perdido. También pudo haber sido que era en el momento justo en que la tarde se convierte en noche y mi vista no podía distinguir bien. Salí de lo que había sido mi escondite por más de dos horas. Cuando llegué a la vereda militar, me llevé la sorpresa de que tenía sólo 3 luces de bengala. Seguramente perdí una cuando me doblé para salir debajo de unas ramas. Los bombardeos sonaban y 3 luces eran suficientes, por lo que obvié el detenerme a buscarla. Mentalmente me puse en lo que un buen amigo llama ‘kamikaze mode’ y comencé a caminar hacía el área de impacto. Las llamas de fuego continuaban en el área del avión-chatarra, pero esta vez el Monte David ardía en fuego también. Mientras me acercaba vi bombas caer arriba en el Monte David. Ya estaba en el campo de visibilidad del OP1. Caminé rápidamente y disparé las luces de bengala. Una detrás de otra. Lancé las tres corridas. No tenía duda de que me habían visto. Se interrumpieron las maniobras. Esta vez, a diferencia de por la tarde, no me ocultaría entre los arbustos. No tenía agua y esperaría por mi arresto en el área de impacto. Tenía una bandera blanca en el cuello que leía ‘STOP THE BOMBING’. La tomé en mis manos y comenzé a ondearla, mientras seguía caminando, esperando que bajaran a buscarme. Aunque era oscuro y ya las luces de bengala se habían apagado, las llamas de fuego estaban cerca y me iluminaban. Sabía que me estaban viendo, pero temía que decidieran ignorarme, como la primera vez, pues ya no me quedaba ni agua ni luces.

El arresto: comienza nueva fase

El escenario siempre lo llevaré en mi mente como sacado de ‘Apocalypse Now’. El propio aire olía a guerra, era el humo de varios incendios esparcidos por el área de tiro; unos pequeños cerca de mí, en el llano en donde está el avión-chatarra, y uno más intenso arriba, frente a mí, en el Monte David.

Tomó, quizás tres minutos desde que lancé las luces hasta que vi alumbrarse el camino militar. Venían por mí. Era una ‘pick-up’ blanca. Venía rápidamente y levantaba el polvo del camino que se iluminaba con las luces. Una línea de soldados corría a cada lado del vehículo. Me vieron y me gritaron algo. Yo me detuve y los miré de frente, mientras gritaba (por primera vez que gritaba en días, por primera vez que hablaba en 36 horas): “I’m peacefull, I’m not resisting.” Pude repetirlo dos veces antes de que llegaran hasta donde mí. Me pidieron que me acostara en el suelo. Así lo hice con mis dos manos al frente, expuestas, en donde de inmediato colocaron las esposas de plástico. Oí a un soldado decirme: “Cálmate, vamos a bregar bien.”

Me pusieron de pie y me ordenaron montarme en la parte trasera de un ‘pick-up.’ Dijeron: “We have to get out of here now.” Por la forma en que lo dijo, supe que se refería a que los aviones estaban arriba listos para tirar. Una vez en la ‘pick-up’, me vi rodeado de las caras de los soldados. Eran alrededor de 7. Había uno o dos latinos, pero todos eran blancos. Algunos lucían bien jóvenes, mucho menores que yo. Estaban tranquilos. No me provocaron, ni me maltrataron. Me preguntaron si estaba tomando medicamentos, les dije que no. Les dije que estaba bien de salud, que solamente necesitaba agua. Me dieron una botella nueva. Uno de ellos removió la bandana de camuflaje que tenía en mi cabeza. Otro le preguntó a uno de ellos qué tipo de botas yo tenía puestas.

En un momento, cerré mis ojos para poder respirar y procesar todo lo que había ocurrido en los últimos minutos. Todo sucedió tan rápido. Me sentía bien. Estaba de buen ánimo y contento. Hasta cierto punto, me sentía aliviado de estar fuera del campo de tiro, de la presión causada por el ruido de las bombas y de la regulación del agua. El arresto había salido bien, dada mis metas y expectativas. Lo más que me importaba era evitar ser agredido, pues estaba solo. Había salido como lo había tratado de planificar. Me sentía orgulloso de lo que había logrado. Dado el nivel de riesgo enfrentado en la operación, salir vivo y con buena salud, aunque arrestado, me resultaba suficiente causa de celebración. Lo más que me enorgullecía era haber realizado mi misión con dignidad, ya que a pesar de todos los obstáculos y de la frustración, tuve cierto éxito deteniendo el bombardeo en más de una ocasión. Todo esto pasó por mi mente en cuestión de segundos. Uno de los militares me preguntó cuánto tiempo llevaba en el área de tiro: “a couple of days,” respondí.

Ya un poco más alejados del área de tiro, me bajaron de la pick-up y mi ‘arresting officer’ se montó conmigo en otra pick-up, esta vez adentro, para llevarme hasta la llamada ‘jaula de perros.’ El conductor era un MP (Military Police) era latino y era el único que tenía bigote. Antes de montarme, me registraron. Me preguntaron si tenía algo puntiagudo o una cuchilla o arma en los bolsillos. Le dije “I’m peacefull, I don’t carry any weapon.” El me dijo; “We’re just doing our job.” Me quitaron mi mochila y me abrieron el chaleco de camuflaje que llevaba por encima. Él vio la bandera de Puerto Rico que tenía pegada en la parte izquierda de mi pecho. El preguntó; “Is that the Cuban flag he’s wearing?” “No sir, that’s the Puerto Rican flag,” contestó la mujer que iba en el asiento delantero del pasajero. El MP, que conducía, dijo que no me iba a montar si apestaba. Pero eran palabras vacías pues yo llevaba conmigo la peste de mi vida y terminó montándome en su carro. Incluso el ‘arresting officer’ le dijo; “sir, he does not smells too good.” A la verdad que sí, tenía una peste descomunal, pues llevaba una semana sin bañarme y había hecho extrema actividad física con la misma ropa puesta.

La jaula de perros (con techo y guardando un mensaje)

Como media hora duró el viaje por la vereda militar hasta la zona de las barracas del Campamento García en donde está ubicada la famosa ‘jaula de perros’ que usan para encerrar a los arrestados. Cuando estaba llegando el MP le preguntó a mi ‘arresting officer,’ cómo había sido mi arresto: si yo estaba corriendo o escondiéndome. Él le dijo; “he was on the middle of the road, and I shouted get on the floor and he got on the floor and we arrested him.” Al llegar me bajé de la pick up y desde ese momento me estaban grabando con una ‘camcorder.’ Me pegaron contra la pared y me quitaron absolutamente todo lo que tenía puesto menos mi ‘suit’ militar. Me tocaron por encima de la ropa para verificar que no tuviese nada escondido. Me preguntó si iba a dar el nombre y le dije que se lo daría a los alguaciles federales. Me nombraron ‘John Doe’ y me tomaron la foto de archivo. Luego me devolvieron las medias y las botas sin los cordones. Me llevaron a la jaula donde pasaría la noche. Una mujer boricua que estaba a cargo, me preguntó si se me ofrecía algo, le dije que agua. Ella me dio un vaso de agua y esperó que terminara para volverlo a llenar. Mientras estaba en mi celda abrieron mi bulto, sacaron todas mis pertenencias una por una y tomaron nota en un papel amarillo.

Esta foto fue presentada como evidencia por la Fiscalía Federal el día de mi juicio. Fui encontrado culpable y encerrado por 20 días en la Cárcel Federal de Guynabo. Allí tuve la oportunidad de compartí con Dámaso, Olivieri, Moncho, Raymond, Kim, Disraelly, y Cisco.

Yo era el único prisionero en esa facilidad. Pude ver lo que ya había leído en la prensa; la jaula de perros ya no apestaba, le habían puesto bancos de madera y un techo de zinc. Gracias a aquellos desobedientes de abril y las acusaciones que ellos llevaron a distintos foros sobre el trato inhumano que recibieron, yo tenía un banco y un techo para dormir esa noche. Precisamente fue en uno de esos bancos de madera que leí un mensaje de importancia para mí. Habían raspado en la pintura lo siguiente: MILIVY/PABÚ/8/5/01. Eso me dejó saber que al menos un miembro de mi brigada había sido arrestado el domingo cuando trataba de salir. Pero dudaba mucho que sólo fuese uno, pensé que quizás los habían arrestado a los 5. (Luego me enteré que 4 fueron arrestados cuando trataban salir. Uno logró escapar y salir eventualmente.) Eso me entristeció un poco, pero sabía que era algo probable dado el nivel de seguridad de estas maniobras. En términos generales me encontraba bien, tranquilo y de muy buen ánimo.

Al rato apareció el MP que me había rebuscado en la pared y me preguntó si tenía hambre. Le dije que sí. Casi al instante regresó con una caja de ración militar. Él me dijo; “esto es lo que comemos nosotros.” Entró a la celda y comenzó a explicarme como funcionaba. Debía echar agua en una bolsita y ésta se comenzaba a calentar. Luego, debía poner la bolsa con el arroz y luego la del pollo dentro de la misma por varios minutos para que se calentara. Así lo hice. Cociné mi comida y por primera vez en 5 días ingerí más de 1,000 calorías. Aunque la comida era un poco rara, no me puedo quejar. Comí y me sentí mejor. Luego junté dos de los bancos de madera y me acosté a dormir. Dormí como 4 horas. Me desperté para ir al baño. Luego dormí un par de horas y estaba despierto durante el amanecer. Como era ya mi costumbre durante los pasados días, pude ver las primeras luces del día. Como a las 7:00 AM hubo cambio de guardias y me trajeron desayuno. Comí huevos revueltos, jamón y papas. Al rato llegó un Alguacil Federal, estaba en pantalones cortos como si fuese a un día de playa. Se identificó a través de la verja. Luego me sacaron y me sentaron en una silla. Yo les di mis datos: nombre, dirección, teléfono, padres, etc. Él fue amable y me ayudó a lograr hacer una llamada para dejarle saber a mis papás que estaba bien. Me indicó que esa información era de su agencia y que ellos no compartían información con la Marina. Me dijo que como en 2 horas y media (a las 10:00 AM) me llevarán en un ferry hasta Roosevelt Roads y allí sería el traspaso formal de mi cuerpo de mano de los militares a los alguaciles federales. Yo seguía de buen ánimo y, luego de haber hecho dos comidas completas y haber dormido me sentía lleno de energía. Hablé por dos horas con un MP boricua que acababa de comenzar su turno. La conversación se condujo en un clima de respeto y hasta de camaradería.

En tránsito

Dentro de un camión en esta barcaza me llevaron hasta Roosevelt Roads.

Finalmente vinieron a buscarme, fui al baño antes de irme. Al salir iba mirando fijamente a unos militares de alto rango que les enseñaban las facilidades a algún congresista que estaba de visita. Me montaron en una guagua. El soldado boricua con quien había hablado me saludó tímidamente desde cierta distancia. Como siempre, yo permanecía tranquilo y callado. Me estaban grabando todo el camino con una ‘camcorder’. La tenían justo frente a mí. Yo simplemente aprovechaba la oportunidad de ver las facilidades militares, las edificaciones, los caminos y los muchos vehículos militares que habían por el área. Me llevaron hasta Red Beach y allí había mucho equipo militar y un gran número de Marines descansando, pero con todo su equipo puesto, en la playa. Me dijeron que me sentara en una sombra a esperar. Así lo hice. Miré con detenimiento la playa, los Marines y el equipo militar que estaba allí estacionado. Al cabo de unos 20 minutos me montaron en una ‘pick-up’ que a su vez fue montada en una barcaza. Serían poco más de las 10:00 AM. El sol castigaba fuerte. Dentro de la ‘pick-up’ iba acompañado de dos MP que me velaban. El viaje duró dos horas y media. Los tres dentro de la ‘pick-up’ sudamos el vivir. Pero al menos no nos daba el sol directamente. Aunque con calor y sudando, pude dormir un poco. A lo último el viaje se tornaba ya un poco desesperante por lo adverso de las condiciones. Pero lo hice sin agua y sin chistar, hasta que ya se podía ver la inmensa base militar a la que llegaría. Antes de llegar me terminé de comer un sobre que me había traído con mezcla de nueces y pasas el cual estaba en la ración militar de la noche anterior. Sabía que pronto me volverían a rebuscar y me lo quitarían.

Como había sido la última en montarse, la ‘pick-up’ donde iba fue la primera en bajar. Ya podía ver las guaguas de los alguaciles que me esperaban. Al bajar había más de cien soldados regados por el puerto. Algunos lavaban carros o preparaban sus cosas, otros descansaban. Yo intercambiaba miradas con algunos. Un militar preguntó si yo era el detenido. Los encargados de mí respondieron afirmativamente. Él me apretó fuertemente por el brazo, innecesariamente diría yo, y me llevó unos 30 pasos hacia los alguaciles federales. Uno de ellos me dijo: “Flaco pon las manos en la guagua que te vamos a rebuscar.” Hicieron el cateo. También me preguntó de dónde era. Le dije: “de Cupey Alto.” Me dijo que me montara en el segundo asiento. Así lo hice. Comencé a mirar cuantos eran. Pude contar doce alguaciles y como 6 carros en total. Los alguaciles tenían armas semi-automáticas y revólveres en los tobillos. Al cabo de un rato se montaron y arrancamos.

Como la desobediencia civil puede causar accidentes

Policía militar y alguaciles federales registran y retratan a cada uno de los desobedientes civiles. Ha habido ya más de 1,500 arrestos.

En realidad, la caravana de alguaciles federales se componía de 4 carros. Dos carros eran de seguridad militar que sirvió de escolta dentro de la base. Pude ver cuan grande es Roosevelt Roads, es como un municipio en sí mismo allá adentro. Yo iba a la expectativa, mirando a mi alrededor y sorprendido de que una comitiva tan grande fuera movilizada tan sólo para mí. Además iba escuchando buena música. El alguacil federal que había hablado (español) conmigo cuando llegué era un salsero de clavo pasao. Eran como las 12:30 cuando pasé a manos de los federales y estaban dando el programa del mediodía en una emisora salsera que la gente llama y pide su canción favorita. Él era el conductor y estaba acompañado por un gringo que no sabía ni papilla en español. Pero el control del radio lo tenía sin lugar a duda el boricua, que guiaba y de cuando en cuando movía su mano derecha al ritmo del saoco. Como las canciones eran clásicos conocidos yo las iba cantando todas: Plástico, Mi Gente, hasta que dieron María Teresa y Danilo. Yo que iba contento, ahí me reí aún más, pues el chofer-boricua-salsero le comenzó a explicar en inglés al gringo que esa canción era de una pareja que se había pegado los cuernos mutuamente y que está la boda de la hija entre medio. Él le hacía con la mano señal de cuernos. Y yo casi me meaba de la risa de dicho espectáculo pagado por ‘the American taxpayers.’ Pero el espectáculo era aún más fabuloso. Los cuatro carros de la caravana (yo iba en una van de pasajeros escoltada por tres 4X4) tenían todos los biombos azules arriba encendidos y a veces prendían una sirena para forzar a los conductores del frente a abandonar el carril para darle paso. Incluso, en varias ocasiones, además de conducir, y marcar la clave con su mano derecha, el conductor de mi vehículo tenía un micrófono con el que le gritaba a los carros del frente que se movieran al carril de la derecha. Vaya espectáculo. Aunque no tenía más remedio que reírme a pata suelta, me sentía un poco indignado del abuso de poder. Primero que nada para transportarme a mí era innecesario tener 12 bambalanes bien pagaos y cuatro carros gastando tanta gasolina. ‘Al menos esto de la desobediencia civil le está costando a Uncle Sam, a este ritmo poco a poco se les va uno que otro milloncito,’ pensaba yo para consolarme. Pero lo más que me indignaba era el terror que causaban en la calle a otros conductores. Me fijé que algunos conductores mayores de edad se asustaban, y no sabían como reaccionar a tantas sirenas y en vez de cambiarse de carril comenzaban a frenar. Vi a otros cambiarse de carril sin mirar que tenían carros cerca. Válgame, ‘quien iba a pensar que la desobediencia civil puede causar accidentes,’ decía yo mientras cantaba algún soneo de la radio. Como íbamos rápido y abriendo camino, no pude continuar disfrutando de los éxitos de la salsa. El último que se escuchaba al llegar al Tribunal Federal era: ‘Soy Boricua; y tú lo sabes. Soy Boricua… Boricua, Boricua, Boricua… de monte adentro…” En ese sí que el alguacil federal iba esgaliyao cantando con entrega. Todavía adentro del edificio seguía con el estribillo. Qué espectáculo, y gratis, decía yo mientras me entraban a la corte federal por la parte de atrás.

Rostros familiares y solidarios

Tan pronto entré pude ver a Pabú, miembro de mi brigada, todavía con el mismo uniforme. Estaban con el Noel Colón y otro ex-presidente del colegio de abogados. Le hice señal de victoria e intercambiamos algunas palabras. Les indiqué que me habían arrestado la noche anterior. Me colocaron en la celda de al lado. Pude hablar con Pabú de celda a celda y me informó que 4 de los 5 habían sido arrestados. Que los sacaron con gases lacrimógenos de un monte en el que se internaron cuando fueron vistos. ‘Pitirre se chupó los gases y logró salir, luego, sin ser detenido,’ me indicó. Allí me tomaron las huellas digitales y me volvieron a tomar una foto. Estuve en la celda poco tiempo pues rápidamente vinieron a buscarme para llevarme a la sala de la Magistrado Aida Delgado. Justo frente de la sala pude ver un rostro amado. Ella lucía un poco nerviosa, pero yo le sonreí por sorpresa y agradecimiento. También estaba Fermín Arraíza, quien al igual que yo había sido arrestado durante las maniobras, y Taína Moscoso. Una vez en la sala, mis abogadas, que habían sido contactadas gracias a la red de apoyo provista por el Colegio de Abogados de Puerto Rico, se presentaron y me hicieron algunas preguntas de rigor para encarar la vista. Pude mirar a mi amada y reírme con ella, aunque no podíamos hablar. Ya una vez en sala, se veía más tranquila. Estaba acompañada de dos personas, que luego supe que eran trabajadores sociales. Iván fue clave en darle aliento y tranquilizarla.

Al poco tiempo entró la magistrado. Debido a las jaiberías del estatus, la vista fue inicialmente ensayada en español antes de comenzar para dejar todo claro antes de entrarle al ‘difícil.’ Yo indiqué que no necesitaba servicio de traducción. Comenzó la vista, según el libreto y terminé con una fianza de 3,000 dólares de los cuales tenía que presentar sólo un 10% debido a que estaba desempleado en ese momento y no sería hasta el 3 de septiembre, cuando regresara a New York que comenzaría mi nuevo contrato laboral. La jueza me indicó que podía ir a New York pero que no podía salir de la jurisdicción de los Estados Unidos previo a mi juicio. Le dije que entendía. Me indicó, además, que si iba a Vieques a protestar me debía mantener en el área civil pero no podía volver a entrar a los terrenos restringidos. Me pareció ser una condición un poco ilógica, pero igualmente le dije que entendía. Se acabó.

La amada libertá’

Me bajaron nuevamente a las celdas en donde estuve por espacio de 20 minutos antes que vinieran a buscarme. Me llevaron a una oficina, en donde me quitaron las esposas y firmé un papel. Allí se encontraba mi papá, quien había llegado para traer el dinero de la fianza. A pesar de mi soberana peste, y mostrando gran valentía, me besaron y abrazaron. Estaba contento de estar en libertad. Lo próximo fue llamar a mi mamá y parar a comer algo. Una vez en casa; mi madre me abrazó a pesar de mis olores, amor de madre dice ella... y finalmente un baño. Luego de una semana…

 

 

 

Para más información sobre la lucha del pueblo de Vieques: http://www.ViequesLibre.org