A R T I C U L O S >

Con firmeza, paciencia y voluntad volvimos a triunfar

Por José Rivera Santana
Congreso Nacional Hostosiano
www.redbetances.com


 

La rebelión

La lancha salió del muelle de Fajardo cerca de las once de la noche del jueves 27 de abril, llevando sobre 400 pasajeros especiales, en un viaje especial. Todos nos dirigíamos hacia la Isla Nena. El propósito estaba muy claro: enfrentar de diversas formas las prácticas militares de la Marina de Guerra de EE.U.U. La composición del grupo era diversa: jóvenes, estudiantes universitarios, religiosos, dirigentes políticos de ideologías diversas, ancianos, mujeres, legisladores, artistas, etc.

La orden de partida la dio el alcalde de Carolina José Aponte e inmediatamente la nave enfiló proa rumbo sureste hacia Vieques. Pocos minutos después de la partida, una lancha de la Guardia Costanera se acercó a nuestra lancha y se mantuvo a distancia durante buena parte del viaje. Durante la travesía me tocó hablarles a todos los pasajeros, a través del sistema de sonido de la lancha y desde la cabina del Capitán, para informar sobre las actividades y normas a observar una vez llegáramos a Isabel II.

La llegada a Vieques contó con el recibimiento caluroso de los viequenses. Allí estaban los representantes de las distintas organizaciones de Vieques listos a servir de anfitriones a centenares de puertorriqueños de la Isla Grande que no imaginábamos lo que eventualmente ocurriría.

Del muelle marchamos hasta la Plaza del pueblo en donde la Alianza de Mujeres Viequenses organizó un recibimiento oficial a los recién llegados. Luego fuimos transportados en guaguas del municipio y en vehículos privados al Campamento de Justicia y Paz y al Campamento Luisa Guadalupe. Allí se pernoctó y fuimos recibidos con alegría y un sabroso asopao con arepa.

Esa misma madrugada, las organizaciones nos reunimos para coordinar las actividades y las estrategias a seguir frente a los ejercicios militares. El trabajo para garantizar el éxito de la desobediencia civil se echó a correr desde ese mismo momento. Se levantaron las listas con los nombres de aquellos dispuestos a representar la voluntad de todo un pueblo. En esta ocasión, la desobediencia civil contaba con varias opciones: el menú era amplio y variado. Eran las cuatro de la madrugada cuando tiré al suelo mi saco de dormir y aproveché para descansar y, si posible, echar un sueño.

Ya, a las 6 de la mañana, dos horas después, desperté con los primeros rayos del sol. A las 9 de la mañana tendríamos la segunda reunión para evaluar la situación. Existía cierta incertidumbre sobre cuándo comenzaría el bombardeo y si el mismo ocurriría en el polígono de tiro. No se descartaba que, como en ocasiones anteriores, los ejercicios militares se efectuaran en alta mar. De ser así, evaluaríamos la conveniencia o no de ingresar grupos de compañeros al área ocupada por la Marina. Sin embargo, antes de comenzar la reunión pautada, las dudas se disiparon: en el horizonte asomaron las siluetas de cuatro buques de guerra de la Marina. La adrenalina nos comenzó a correr por el cuerpo, el ánimo y el coraje despertó en todos nosotros la tensión y el movimiento y la temperatura frente al Campamento García subió a niveles que auguraban una jornada, hasta ese momento, impredecible.

En la calle se organizó el piquete y la protesta mientras, simultáneamente, grupos de compañeros y compañeras trabajaban, con rapidez y mucho esfuerzo, la logística que permitiera la desobediencia civil. La cuenta regresiva se había iniciado y marcó cero cuando escuchamos los primeros cañonazos. No se trataba sólo del estruendo que presagiaba contaminación, enfermedades y daño ecológico, sino la posibilidad real de verse amenazada la seguridad y la vida misma de las decenas de personas que se encontraban, como escudos humanos, en el polígono de tiro. A una hora de iniciado el bombardeo, el primer grupo de desobedientes civiles estaba listo y ansioso por entrar y cumplir con un deber patriótico. Sólo esperábamos el momento oportuno, que no tardó en llegar.

Pensamos que la marina esperaría los ingresos de los desobedientes durante la noche. Y nuestra percepción fue correcta. Designamos a algunos compañeros que se mantuvieran pendiente de las rondas de vigilancias de los vehículos militares con el propósito de aprovechar cualquier error de ellos. Y el descuido ocurrió. En pocos minutos, las brigadas a cargo de cortar la verja lo hicieron con una habilidad y velocidad sorprendente, mientras que otro grupo levantaba un punto de atracción y distracción en otro lugar de la verja. El plan funcionó y así fue como los primeros 33 desobedientes civiles aparecieron en las mismas narices de los marshalls y la policía militar, a plena luz del día y frente a los medios noticiosos nacionales e internacionales. Pero si exitoso fue ese primer ingreso, más sorprendente fue lo que generó. A partir de ese momento, frente al Campamento García, se encendió una rebelión. De manera espontánea (lo aseguro con el pleno convencimiento de que estaba allí) centenares de personas, al frente de las cuales estaban los viequenses, comenzaron a cortar la verja y arrancarla. Inicialmente pensé que tan pronto llegaran refuerzos de los marshalls y la policía militar, se retirarían los compañeros. También pensé que los miembros de las organizaciones tendríamos que intervenir en aras de evitar una confrontación violenta que desviara lo que hasta ahora ha sido un método de lucha exitoso: la desobediencia civil. Pero me equivoqué. Fue cuando llegaron los refuerzos que con más coraje la gente continuó cortando la verja y echándola al piso. Los militares sencillamente no sabían qué hacer. Entonces lanzaron gases, pero la gente iban y regresaban. En un momento, me viro y cuál fue mi asombro cuando observó a decenas de viequenses que venían bajando, como tropas frescas, hacia el área donde se echaba al suelo el símbolo de su opresión y de tantos sufrimientos. Tengo en mi mente las imágenes de aquellos rostros de satisfacción. Fue una especie de exorcismo. Viequenses de todas las edades no querían perder la oportunidad de empuñar alguna parte de la verja y participar de su derribo. Poco tiempo después, toda la verja quedaba en el suelo y muchas porciones de ellas lanzadas a la carretera interior de la base para obstruir el paso de los vehículos militares. Lo que por mucho tiempo, tal vez años, algunos líderes de la causa viequense habían soñado y trabajado, en menos de dos horas los viequenses, con coraje y espontáneamente, lo lograron a plena luz del día y en la cara de los militares. Confieso que esa experiencia es única, extraordinaria y para mí la más significativa de cuanto ocurrió ese fin de semana.

La frustración de los militares fue tal que respondieron lanzando gas pimienta y disparando perdigones a nuestra gente. Enfrentábamos, sin duda alguna, una escalada de violencia por parte de la marina. Hubo cuatro heridos de perdigones, incluyendo al párroco de Vieques, Padre Nelson y un número indeterminado afectados por el gas pimienta, incluyendo varios niños.

La entrada de los 33 desobedientes civiles y el derribo de la verja fue claramente una victoria que elevó el ánimo y el espíritu de combate. Había sido un golpe contundente. Entonces, los voluntarios para entrar al área de tiro (decenas de compañeros y compañeras) engrosaron las listas. La sensación de victoria rodeaba el ambiente.

A las 6 de la tarde organizamos un grupo de 22 desobedientes. Eran los universitarios dirigidos por la FUPI. Rostros tiernos de la nueva generación con energía insuperable y deseosos de formar parte de la historia, como siempre lo ha hecho la FUPI. Ingresaron de noche para iniciar una caminata de 7 horas por un camino que los llevaría al polígono de tiro. Estos serían los jóvenes que posteriormente se convertirían en símbolos, por la agresión de la que fueron objeto y de los que, con tanta admiración se refiriera Norma Burgos.

Ese viernes 27 de abril cerró con una masiva actividad frente a Justicia y Paz.

Hacia el polígono de tiro

Horas más tarde, ya de madrugada, me dirijo en lancha hacia el área de tiro junto a 6 compañeros maravillosos. Dos de ellos, amigos de viejas luchas: Néstor Nazario y Papo Rodríguez. La lancha, luego de burlar a los guardacostas y a las lanchas de la marina, nos deja en Playa Brava cerca de las 4 de la madrugada. De inmediato nos dimos a la tarea de buscar el agua que meses atrás había sido llevada y escondida como parte de los preparativos de esta incursión. En aquella absoluta oscuridad ( la luna estaba en su fase nueva) fue imposible encontrarla. Decidimos esperar al amanecer para intentar dar con el líquido vital. Cuando ya había amanecido comenzamos a buscar la dos cajas de agua y las encontramos.

De repente, vemos que una lancha hace su entrada a la pequeña bahía por la que unas horas antes nosotros habíamos desembarcado. Nos escondimos de inmediato pensando que se trataba de militares, pero se nos quedaron las mochilas en la arena. En ese momento pensé que nuestra misión abortaría. Pero no fue así. No fueron militares los que se bajaron de la lancha sino un grupo de cinco maravillosos compañeros y compañeras que de manera improvisada llegaron a esta playa. Aunque nos planteaba un problema logístico y de pertrechos (agua) los incorporamos al grupo.

Como era de día, el camino al polígono de tiro teníamos que hacerlo dentro de la maleza. Caminar por la playa o por caminos era arriesgarse a ser sorprendidos por los marinos. Nuestro objetivo era llegar lo antes posible al área de tiro. Sin embargo, la vegetación que nos servía de protección frente a los militares nos impedía avanzar con rapidez. Se trataba de especies de plantas y árboles típicas de clima seco, con espinas y ramas finas entrelazadas como nudos. Al poco tiempo de iniciada la marcha, nos dimos cuenta que sería difícil avanzar en esas condiciones. Todos estábamos sufriendo las hincadas de las espinas, prácticamente en todas las partes del cuerpo. Estuvimos a punto de terminar como Jesucristo, con una corona de espinas en la cabeza.

Un esfuerzo tan grande nos obligó a consumir más agua. La "tropa" comenzó a dar señales de cansancio. Al mediodía tomamos un receso en la caminata y discutimos la posibilidad de detener la marcha y esperar la noche para continuarla. Pero en ese momento, casi nos levanta del suelo el inició del cañoneo de los barcos. Con excepción de los dos viequenses que andaban con nosotros, los demás vivíamos por primera vez esa sensación. Se trata de un ruido cabrón que no hay manera de evitar saltar a cada estruendo. Inicialmente los cañonazos se producían cada 30 segundos, luego cada 15. Teníamos que intentar llegar al área de tiro para detener el bombardeo. De repente, un silencio prolongado de los cañones nos indicó que algún grupo, de los que se encontraban en el polígono, habría salido. Ello nos dio la oportunidad de continuar la discusión. Presente en la conversación estaba el hecho de que la Marina había anunciado que no bombardearía el domingo. De manera que detener la marcha hasta por la noche implicaba quedarse en el área de tiro hasta el lunes, cuando se reiniciarían los bombardeos. Pero el agua se nos agotaba y muy difícilmente duraría hasta el lunes. Así las cosas, tome la decisión de continuar la marcha y, como si fuera algo coordinado, nos sorprende el reinicio también de los cañonazos con el mismo patrón de intérvalos. Sin embargo, esta vez montaron la fiesta grande: los cañonazos eran corridos, simultáneos y, evidentemente, de varios calibre.

Al llegar a un claro cerca de la orilla de la playa nos percatamos de una lancha anclada que aparentaba estar vacía. Esperamos dos horas a ver si salía alguien de ella y no salió nadie. Para estar seguros, nuestro guía viequense fue hasta la lancha, sin montarse en ella, y la observó de cerca. Al no ver a nadie, nos hizo seña para que continuáramos caminando. Pero, de repente, sale un militar de la lancha y nos ve a todos y todos lo vimos a él. Aceleramos el paso y nos internamos en la maleza. Ya sabían dónde estábamos pero no podían alcanzarnos: no había caminos ni carreteras por las que pudieran llegar los marinos en sus camiones. Luego subimos a una loma para tener visión y decidir por dónde continuar. De allí divisamos un vehículo militar de donde nos estaban observando: definitivamente nos seguían tramo a tramo. Pensé que era cuestión de tiempo el arresto del grupo.

Bajamos la loma para encontrar un lugar donde descansar, tomar agua, comer algo y, con suerte, acercarnos al área de tiro. Sólo nos quedaba atravesar una playa para entrar al polígono, pero era el tramo de mayor riesgo pues el OP-1 (principal puesto de observación de la marina) tenía perfecta visibilidad sobre todo ese litoral y además nos seguían los pasos. Cuando iniciamos el descanso, casi obligado por el agotamiento (llevábamos 8 horas caminando en condiciones adversas, terribles) arreció el bombardeo. Los fumadores aprovecharon para saciar su vicio, reprimido por mucho tiempo, mientras el resto del grupo se escondía debajo de la vegetación pues el paso de los helicópteros era frecuente. Cuando Pedro Muñiz (el alma jovial del grupo) se asomó para vigilar el área ve que se dirigen hacia nosotros un grupo de marinos con perros. Inicialmente no le creí, pero era cierto. Estábamos rodeados. En ese momento le digo al grupo que mantengamos la calma, la frente en alto y enfrentemos el arresto con dignidad. Saqué mi celular y lo activé. Llamé a mi hermano Kike Estrada y lo contestó el compañero Juan Camacho. Le informo a Camacho que nos van a arrestar y que voy a dejar el teléfono con la línea abierta para que escuche lo que ocurra.

Una vez esposados, nos llevan caminando por la playa hacia un área donde se encontraba el camión en el que seríamos transportados. Durante la marcha, le digo al grupo que cantemos el himno nacional. Así lo hicimos. Luego siguieron las consignas.

La travesía en el camión fue una experiencia hermosa, fundamentalmente porque pudimos apreciar un área de nuestra patria que nunca antes habíamos visto. El Este de Vieques es un paisaje precioso.

Lo peor estaba por venir

Nos llevaron al área donde se encontraban detenidos 28 compañeros y compañeras. En ese momento salía la guagua que llevaba a Norma Burgos. La saludamos con mucha emoción y ella igual hacia nosotros. Cuando miramos hacia una ruina que quedaba de frente, vemos arrodillados en las piedras al gigante alcalde de Carolina y unos 6 ó 7 miembros de sus gigantes, a la senadora Yazmín Mejías, al papá de Tito Kayak (con sus 81 años), a Velda González y a Tito Otero acostado boca abajo en la piedras bajo la vigilancia de un marino. A Luis Gutiérrez, también lo tenían en el piso boca abajo. Del camión le grito a Tito si se encuentra bien (pregunta un poco tonta pero fue lo que se me ocurrió) y me contestó que sí. Nos bajaron del camión y nos sentaron al sol. En ese momento el odio y la saña la descargaban contra el grupo de los gigantes de Carolina y Luis Gutiérrez. Nuestra respuesta siempre fue entonar consignas y cantar.

Poco a poco nos fueron registrando e ingresando a un lugar espantoso: se trataba de una jaula dividida en tres secciones, sin techo, sucia, asquerosa, maloliente a excrementos de perro. Allí nos metieron esposados. Es decir, nuestros movimientos estaban doblemente restringidos.

Cuando me ingresan a la jaula me encuentro de frente con Roby Draco Rosa. Estaba con buen ánimo y sereno. Nos saludamos y conversamos brevemente. Luego converso con nuestro Danny Rivera, quien parecía meditar todo el tiempo. En la sección del medio de la jaula estaban los gigantes de Carolina encabezados por su alcalde valeroso José Aponte y junto a ellos, Luis Gutiérrez y Eduardo Bathia. En la otra sección se encontraban las mujeres; Velda, Yazmín, Zoraida Santiago. Rosalinda Soto, Blanca Gari y tres o cuatro compañeras más, cuyos nombres no recuerdo.. En aquel pequeño espacio nos encontrábamos 40 personas.

Mi ojo izquierdo estaba bien irritado y prácticamente cerrado producto de una hoja que me rozó mientras caminábamos en la maleza. Solicité que un médico o enfermero me chequeara el ojo pero no quisieron y se echaron a reír. El compañero Julio Ortega (eterno vendedor de Claridad) con mucha dificultad, pues estábamos esposados, me echó agua fría en varias ocasiones y eso me alivió un poco el dolor.

Pasaron las horas y sólo nos daban agua. Le reclamábamos que nos dieran algo de comer, unos y otros ya llevábamos de 5 a 8 horas detenidos. Pero no se inmutaban y parecían disfrutar el castigo.

Eran ya las 9 de la noche cuando a Pedro Muñiz, productor al fin, propone hacer un espectáculo en la jaula, por aquello de "a mal tiempo buena cara." Y así empezó uno de los momentos más emocionantes de esta jornada. Comienza Zoraida cantando dos de sus canciones relacionadas a Vieques. Le siguió Danny con Madrigal y luego ambos cantaron a dúo Verde Luz, momento en que las lagrimas brotaron, aunque en mi caso, mi ojo izquierdo me tenía llorando hacían varias horas.

El momento jocoso se inició con un mano a mano entre la Criada Malcriada (Velda González) y Altagracia (Yazmín Mejías). En ese momento por poco nos meamos de la risa. La intervención de esas dos mujeres fue sencillamente monumental y graciosa. Y siguió Pedro Muñiz con una ráfaga de chiste que casi tenemos que mandarlo a callar, por que parecía no tener fin. La producción fue todo un éxito. La magia se apoderó de la jaula.

Eran cerca de las 12 de la noche (o madrugada) cuando llega un camión con dos desobedientes más. Eran Rosita Velázquez y Vilmarie (el apellido lo desconozco). Le damos la bienvenida con canciones y consignas y ellas responden con emoción iniciando una nueva ronda de agitación.

Seguimos sin comer, hasta que un marino puertorriqueño se nos acerca y le decimos que en nuestras mochilas hay latas de salchichas y de sardinas que por favor nos pase algunas de ellas. Nos dijo que tan pronto se fuera el oficial gringo lo haría. Y así fue. Dividimos entre 40 personas varias latas de salchichas y algunas barras de granola. Por lo menos engañamos un poco el estómago.

Pasaron las horas y el cansancio y el sueño se apoderaban con fuerza de todos nosotros pero con pocas posibilidades de satisfacerlo. Un piso de cemento sucio era la única cama para todos, con la incomodidad de estar esposados. A las 3 de la mañana el frío arreció. Todos temblábamos y para completar el sufrimiento, calló un aguacero. Eran las 5 de la mañana y el frío apretaba por la lluvia.

Cuando se asomaron los primeros rayos del sol Danny comenzó a cantar Los Carreteros. Así recibíamos el día: con el ánimo arriba y con el mismo entusiasmo con el que entramos al área ocupada por la marina.

Hacia Ceiba

Luego de 15 y 16 horas de detención nos informan que saldremos de la jaula hacia una barcaza que nos transportaría a Roosevelt Roads. Cuando nos van a montar en la barcaza le exigimos que nos quitaran las esposas, petición que fue negada, prácticamente nos sientan a la fuerza.

El viaje en esta reliquia de la Segunda Guerra Mundial fue lento, largo y tortuoso. El piso de metal de la barcaza se convirtió pronto en un sartén gigante. Varios de los compañeros se marearon por el movimiento de la barcaza. Finalmente, los militares nos entregaron algo de comer. Se trataba de la comida militar que viene compacta. No era mucha pero nos permitió engañar nuevamente al estómago.

A eso de las 10 de la mañana llegamos a Ceiba. Fuimos recibidos por un pelotón de marinos que fueron fotografiando y grabando con cámaras de vídeo nuestra llegada. La respuesta no se hizo esperar: consignas y más consignas. Aquí nos bajaron de la barcaza, nos cambiaron la esposas hacia atrás y, uno a uno, nos fueron montando en las guaguas. Cuando sacaron a Velda y la colocaron para sacarle la foto, ésta le hizo una mueca y le sacó la lengua: las risas y las carcajadas se quedaron con el muelle.

Nos llevaron a un cuartelito donde nos ubicaron en una pequeña carpa. Antes de entrar fuimos registrados rigurosamente. El marino que me registró, me dio, intencionalmente, un golpe en los testículos, grité y le dije cabrón pero el mamao no hablaba español, aunque estoy seguro que me entendió porque se echó a reír.

A las compañeras el registro fue ofensivo, grosero e indignante. La única ocasión en que vi a algunas de ellas llorar fue en ese momento. No era para menos.

De 10 de la mañana hasta las 3 de la tarde nos mantuvieron en el cuartelito sin permitirnos comunicación alguna con nuestros abogados y sin que hasta ese momento nos leyeran nuestros derechos y de qué estábamos acusados. Son los marshalls los que nos informan que seremos trasladados a la cárcel federal en Guaynabo. Allí llegamos a eso de las 5 de la tarde y no fue hasta las 11 de la noche que finalmente nos encerraron en las celdas.

Luego de 32 horas de detención, finalmente pudimos comer y dormir en una cama o colchón. Y no fue hasta el lunes 30 de abril en la noche "52 horas después del arresto" que pudimos conversar con nuestros abogados y escuchar finalmente de qué se nos acusaba. Allí nos enteramos de lo que había ocurrido en Vieques durante ese fin de semana y todos coincidimos que la marina había recibido una vergonzosa derrota. Los puertorriqueños le habíamos ganado otra batalla a la marina de guerra más poderosa del mundo.