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A Gazir Sued Hace varias semanas ya que "visito" a los compañeros encarcelados en la federal por entrar al área de tiro de la marina en Vieques. Creo que lo que ocurre allí todas las noches merece ser escrito. Allí frente a la cárcel, decenas de padres, madres, herman@s, hij@s y amig@s han improvisado un "pueblito". Casetas, sillas y hamacas donde quiera. Una carpa que sirve de cocina, una mesa con agua y refrescos, colgando de un alambre 2 galones vacíos que se llaman DONATIVOS, en fin, todo lo que puedan necesitar para mantener su posición hasta el final. De allí no se van hasta que sus prisioneros de conciencia, hombres y mujeres que desafiaron las leyes del imperio sean liberados. Cuando empieza a caer la noche, la multitud se empieza a
reunir frente a la verja que nos separa a los libres de los prisioneros,
esperando Equipados con banderas, pancartas de solidaridad y binoculares
divisamos las siluetas, los rostros de los desobedientes cuando las luces
empiezan a encenderse. Algunos miran desde las frías ventanas de cristal
con sus manos y puños en alto, otros dan saltos o hacen algún gesto con
las manos demostrando que los ánimos están arriba aún después de varias
semanas de encarcelamiento. Aún en la distancia y el silencio, sabemos
lo que piensan porque son nuestros, porque no nos los pueden quitar completamente.
La euforia de la gente no se hace esperar. "Míralo allí, es él", dice
la madre emocionada al ver a su hijo prisionero agitando los brazos a
más no poder. "Y mi papá, donde está?". Tío!, Tío. Todos Con la melodía Yo quiero un pueblo de Danny Rivera y el
ruido de fondo que producen las bocinas de los vehículos solidarios, las
banderas ondean, aplausos, gritos. Cuando otra de las celdas se enciende,
reconozco a un amigo mío, uno de los Jinetes por la Paz, encarcelado -según
sus propias palabras- por "negarse a ponerle un precio a la libertad de
actuar de acuerdo a sus principios de conciencia". Con la ayuda de unos
binoculares veo su cara, entre feliz y triste, apoyada en el cristal y
su mano abierta tratando de atravesarlo como para poder tocarnos, levanto
la mía y espero que pueda reconocerme. Traté de acercarme a la verja pero
alguien me pidió que no lo hiciera, "los guardias se enojan, les apagan
las luces y entonces no los podemos ver". Entre los demás a mi alrededor la escena se repetía una y otra vez como efecto de dominó. Adentro, los prisioneros tomaban turnos frente a las ventanas para poder sentir el abrazo colectivo que les enviábamos. Afuera los binoculares pasaban de mano en mano, todos queríamos ver, "tenerlos" cerca el más tiempo posible. Casi una hora duró el "encuentro" hasta que empezaron a despedirse y las luces se empezaron a apagar. Poco a poco la euforia de los de afuera fue calmándose. "Mañana será otro día" oí decir a alguien. Algunos se retiraron a sus casetas a descansar, otros seguirían la vigilia y algunos, como yo, se fueron a sus casas. La noche siguiente volví, no les dejaron prender las luces. |
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